Cuentos cafc3a9-y-yo

Publicado en febrero 11th, 2015 | por Miguel Amado Tomé

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El Bar

El bar cerró.
Persianas bajas, escritas en aerosol, siglas, solo dice que la esquina está abandonada.
Una puerta se deja ver escondida detrás de una persiana semiabierta.
Adentro el blanco de las paredes con algunas inscripciones decorativas, calla.

El cartel con la oferta del día apoyado contra la pared.
De aquel último día que quedó para siempre detenido
Ese señor amable, canoso, con tan buen humor, siempre tenía alguna atención y palabras cordiales.
Los mozos, siempre atentos.

Esa esquina céntrica, cerca a los bancos, con su geografía por Corrientes y San Lorenzo, parecía un gran hormiguero lleno de pasos.
El interior con su clima fresco y agradable en verano, hacia disfrutar habitarlo.

Salvo en los mediodías intensos donde la cocina no daba tregua.
Muchas mañanas, a veces más temprano que temprano, solía esperar a un amigo para desayunar antes que abriera su librería.

Las vidrieras se llenaban de gente, y en especial lucía muy cargada de bellas mujeres que desfilaban como en las iluminadas pasarelas, para concentrar las miradas.

Mujeres con sus niños, ejecutivos solos de saco y corbata apuraban alguna milanesa.
Jovenes de ropa informal que comían y reian.

La parejita que se miraba con intensidad, compartiendo un tímido café.
Y el diario que se esperaba y compartía.
Todo concluyó.

Muchos ya pasaban de largo.
La amabilidad de su dueño empezaba a convertirse en gestos de preocupación, aunque se esmeraba todo lo que podía.
Encontré a tantos amigos en ese bar… Compartí café y recuerdos.
Pero…el telón cayó, de pronto. Sin anunciarse

Yo no era una habitual concurrente, eso se daba de tanto en tanto, y por la proximidad de afectos cercanos al bar.

Un día cualquiera se apagaron las luces, las persianas bajaron y allí quedaron las voces encerradas
Las sonrisas que se hicieron adioses.

ES así como la vida y la muerte.
En apenas un instante todo lo que era fue.
Y las imágenes se van, desaparecen. Y casi no queda espacio más que para una nostalgia efímera. Los pasos son otros, aunque los transeúntes sean los mismos.
Todo continua, se transforma, y esa esquina espera, que alguna varita mágica encienda de nuevo la esperanza.


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