Volver al pasado

La edición de dos libros del teórico del formalismo ruso Víktor Shklovski da a conocer una de sus facetas menos divulgadas como escritor: la de la confesión autobiográfica.

«Muchas veces empezaba a escribir y escribía memorias como un diario. Anotaba lo que sucedía, para entenderlo. Aquellos libros salieron publicados en la década de 1930. Pasaron para los libros veinte, treinta, cuarenta años. Ahora ya escribo memorias», comenta con ironía Víktor Shklovski (1893-1984) en Érase una vez.

La brecha temporal entre ese libro, publicado en 1964, y La tercera fábrica, aparecido en 1926, sugiere modos complementarios de lidiar con lo autobiográfico. Uno, ligado al presente; otro, más clásico, a la perspectiva que dan los años. La brecha, sin embargo, tiene su doblez. Entre esas fechas (1926 y 1964) ocurrieron los cambios más traumáticos de la historia soviética y las páginas de Shklovski llevan de manera declarada, pero también taimada, la marca de toda una era.

La tercera fábrica , el primero de los volúmenes, tiene el pulso acelerado de la década posterior a la Revolución, cuando los «formalistas» (miembros de la Opoiaz, la audaz escuela de teoría literaria a la que pertenecía el autor) trataban de adecuarse, en el caso de Shklovski con optimismo, a las vertiginosas transformaciones del momento. Érase una vez, en cambio, participa del deshielo de los años sesenta. «Mark Twain toda su vida escribió cartas dobles: una, la enviaba; la otra, la escribía para sí mismo, y allí escribía lo que pensaba», anota Shklovski en el primero de los libros, a la vez que entrega la llave para leerlos como la confusión deliberada entre la misiva al remitente y la copia privada.

Lo distintivo de La tercera fábrica y de Érase una vez , lo que los convierte en obras mayores, no es tanto su materia informativa como la persistencia de un estilo. O, para recuperar una simbiosis formalista, la identidad de forma y contenido para fijar esa materia esquiva, el tiempo, que se escurre entre los dedos. Shklovski es el estricto opuesto de un evocador solemne. Aunque en los dos libros simule una sucesión cronológica, no compone según un orden determinado. Las frases, breves y rápidas, hablen de la infancia o de sus paseos con Maiakovski, funcionan casi «como una colección de citas». La discontinuidad es, más que digresión distraída, una forma de la ética, un método para eludir de manera definitiva las correspondencias del simbolismo poético que tanto lo exasperaba. El escritor se limita a recordar el pasado (la imagen, preciosa además de precisa, es del propio Shklovski) como si limpiara vidrios.

En «El arte como artificio», un célebre artículo de 1917 (célebre en Occidente a partir de los años sesenta, cuando Tzvetan Todorov publicó en Francia la antología que puso definitivamente en circulación a los formalistas rusos) Shklovski se había referido a la fabricación de la obra de arte. La tercera fábrica juega con ese concepto y lo funde (al momento de su ejecución, el autor trabajaba para el cine) con los cambios sociales y técnicos que se propagaron en los años veinte en la Unión Soviética. La primera «fábrica» es, al decir del escritor, la infancia; la segunda, la formación; la tercera es todo lo demás: la propia vida, la época, el trabajo, la corriente general de la que, aunque no se quiera, se es parte.

Los formalistas estuvieron moralmente vinculados a la vanguardia (en especial al futurismo) y mucho de esa ligazón se traslada a La tercera fábrica, libro escrito con frases bellamente telegráficas, alertas a las mutaciones en curso. Más allá de las cartas a sus antiguos cofrades de la Opoiaz (Iuri Tiniánov, Roman Jakobson, Boris Eichenbaum), Shklovski parece haberse adelantado a instrumentos de hoy, como si buscara resolver sus párrafos, avant la lettre, en 140 caracteres.

Érase una vez es la recapitulación tardía de aquel libro, pero la falta de urgencia deja lugar a frases menos eléctricas, aunque igual de originales. Shklovski necesita apenas unas líneas para definir de manera magistral el clima de toda una época: «Silencioso comienzo del siglo. Tiempo sórdido, asustado y engreído. El pasado hace un tictac muy vivaz, como un reloj en la habitación de una persona muerta». La ciudad, Petersburgo, «está creada como una estrofa severa, con lugares previamente programados para las rimas, con el complejo orden de sus retornos». El paseo para ver en acción un aeroplano lo lleva a pintar con exactitud casi sensorial aquellos días en que «el futuro parecía sólo una atracción pública».

Shklovski aborda el pasado con la actitud del arqueólogo curioso que viene de un país distante: el porvenir. Es un adalid del cambio histórico (una posta memorable, en su óptica, que los humanos van haciendo de generación en generación), pero actúa como un perplejo Heráclito que no puede dejar de registrar todo lo desaparecido, como si quisiera inventar una nueva categoría: la melancolía amelancólica. Al avanzar en el recuerdo por cierto paisaje urbano de la infancia, se tienta y le superpone lo que vendrá después: desde el balcón de esa casita hablará Lenin, en tal parque él mismo entrenará cadetes para la guerra. Busca en viejos diarios datos sobre la primera iluminación eléctrica en Moscú (no los encuentra), pero sí puede confirmar que en 1910, en Petersburgo, los tranvías eran eléctricos y no tirados por caballos, modalidad que había quedado condenada a los suburbios. Los recuerdos son más útiles, sostiene, cuando se invocan cosas comunes, aquellas que nadie vio porque suceden delante de todo el mundo.

Las historias familiares dan pie a alguna anécdota impecable (la de la abuela que revive, por ejemplo, y que, según se jacta Shklovski, inspiró la resurrección del zar Iván en la película de Eisenstein). Los últimos tramos de Érase una vez también permiten una narración de primera mano de los avatares artísticos y teóricos de los años formalistas, con el residuo de una reivindicación todavía temerosa.

A los dos libros los une una misteriosa imagen recurrente. Shklovski insiste en retratarse a sí mismo como alumno torpe. «Parecía que me habían sacado al mundo sin verificación, después de la primera corrección, con todas las erratas», dice, para subrayar sus permanentes faltas de ortografía y su informal vínculo con la gramática, que le vedaron el ingreso en las escuelas zaristas. La imagen, además de recurrente, es preciada porque esa inadecuación tal vez esté en el origen de otro de los conceptos clave que acuñó: la ostranenie, el «extrañamiento» que produce toda obra artística decisiva. No es lo único que se les puede agradecer a esos errores de la pluma. De ellos también surge la convicción de que la escritura, como lo prueban de manera magnífica La tercera fábrica y Érase una vez , puede ser una forma más intensa de vivir.

La tercera fábrica / Érase una vez
Víktor Shklovski
FCE
Trad.: Irina Bogdaschevski
324 páginas
$ 130.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1540551-volver-al-pasado

Entradas relacionadas