La Dama del Espejo
Miércoles intenso en Avenida Libertador. Tranquilo en plaza Mitre. Un mediodÃa cambiante, nubes. brisas, humedad. El sol estaba ganando su presencia. Enfrente el museo de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires con sus rectas formas y sólida estructura, erguido, solemne, albergando lo abstracto y clásico de arte.
En la plaza; desniveles, escaleras, verdes intensos, tenues y el marrón intercalándose en el césped. De pronto la plaza abre un sector, que sugiere a vivienda, y allà una mujer de largos cabellos entrecanos, descansa en un banco de la plaza sentada y con cierto linaje, estaba lavando sus pies dentro de un tacho plástico de desechos. Frazadas en harapos, cajas y un trozo enorme de espejo, parado, vertical, formando un ángulo donde terminaba de generar la sensación de habitación en medio de la naturaleza, duplicando la imagen de pájaros y paisaje. Todo dentro de una visión irreal donde la razón desdibujaba sus contornos.
¿Quién era esa mujer?
Me aproxime, casi en diagonal, ya que era mi camino. Cómo podÃan esos harapos y esas cajas y esa mujer casi mendiga generar esa sensación de esplendor, aunque enmohecido.
Crucé… seguà el camino y más allá del espejo, en un sector más alejado una dama estaba sentada en lo que serÃa el otro lado del espejo. Espléndida, vestida de fiesta, enjoyada y algo antigua, serena, con una piel blanca, eterea.
Me detuve, entre deslumbrado y sorprendido, con el cansancio de caminar la ciudad desde hora temprana, donde un alto era casi lo razonable.
Hace un momento he visto una mujer dintinguida y en harapos, y ahora me encuentro con una dama esplendida e imperturbable, las dos muy parecidas, pero de edades distintas.
Hoy es un dÃa diferente le dije -Discúlpeme pero no puedo menos que estar impactado con su presencia -Es lógico, pero los tiempos no pueden medirse en años, a veces la distancia, el reloj y los siglos son un pretexto, apenas un escenario fugaz que nos contiene, pero que no expresa nada definitivo. Siempre detrás de las sedas, los colores, la miseria y los diamantes, estamos nosotros y nuestros personajes en la representación de papeles que nos son tan propios como ajenos.
-No se si podrÃa justificarse. ¿Pero esto está aconteciendo en la vida real?.
-La vida real es una ficción más que se agrega, que nos hace interpretar algo que nos esforzamos por representar con tanto énfasis que hasta creemos que somos lo que hacemos, cuando en realidad lo que hacemos es lo que aprendimos, mientras nosotros somos independientes de lo que hacemos. Pero aquà estoy del otro lado del espejo.
-Quién es usted?
-Una mujer que bajó en una estación equivocada. Que salió a tomar aire en medio de una fiesta y me encontré aquÃ, donde está usted, y esto es más que un jardÃn.
-¿Pero esto de los roles y la vida real, hace que por ejemplo un médico no sea un médico?
-PodrÃa decirle que un prÃncipe no es un prÃncipe y que una reina es un accidente y que su vida es también otra ficción, aunque en realidad, son ciertamente dramáticas, pero veamos, un verdugo hace de verdugo, pero lo más impactante es que está asesinando a quién hace de vÃctima, en última instancia los dos son vÃctimas de una orden impartida por alguién que siente el calor intenso de su alma devorada por el fuego y que está cumpliendo el rol de Rey. La corona a veces ha sido precedida por un camino sembrado de cadáveres que fueron justificándose hasta que el trono y el palacio y todo el poder que esto significa no tuvieran más valor que un caballo. El jaque mate estaba dado.
-Y usted…
-Soy lo que usted quiera ver. A veces el rol es el castigo, es la pena a cumplir. ¿Acaso quién es usted por ejemplo? ¿Lo que hace, lo que representa?
-No me respondió mi pregunta anterior ¿quién es?
-Una viajera que quedó atrapada en otra estación. Pero si usted vuelve al sector donde vino, verá el espejo desde otro lugar. Adiós.
Espejo roto, enorme fragmento que parece mezclarse en el cielo de las hojas. Imagen imperturbable, ajena al entorno. Mujer y misterio, patio, parque soledad y noches y dÃas en diálogo de imágenes sin secuencia lógica y en un relato de silencios.
Fue como si de pronto se fuese hacia adentro de la nada. Desapareció. Caminé varios pasos, retome el recorrido, y volvà a encontrar a la mendiga, a quién reconocà como si la persona con la que estuviese hablando ahora fuese mucho, pero mucho mayor.
Mi asombro no tiene lÃmites -Por favor ¿quién es usted?
-Vivo el infortunio de no pertenecer. Soy una mendiga ¡no me ve!
-Pero su parecido a la dama que antes vÃ, me deja perplejo. Además existe en su personalidad una forma de ser, un estilo que la asemeja a una princesa, sin embargo reconozco que es una mendiga.
-Lo que los demás creen que somos es lo que representamos, pero si usted cree que aunque ve a una mendiga soy una princesa, no estaré representando correctamente mi rol.
El espejo fue rompiéndose, y la puerta ya no funciona, Quizás sea una princesa pero el espejo se ha roto, las ropas se gastaron las sedas y los tules son harapos y envejecà porque el tiempo ha transcurrido de manera diferente.
-¿Me ayuda con alguna moneda?
Se partió de pronto la imagen y el espejo en fragmentos mezcló hojas, pájaros, ramas, silencio y cielo. Quizás las lágrimas desaparecieron, evaporando sentimientos que ocuparon largas noches disueltos en rocio o creciendo en el atardecer.
A veces el espejo refleja mil imágenes, pero algunas no las devuelve.
Gregorio Capdevilla