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Publicado en octubre 31st, 2012 | por Editor

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El amor nos destrozará

Diego Erlan: “A mi generación le falta voluntad de trabajo sobre el lenguaje”

POR EZEQUIEL ALEMIÁN

Un chico de siete años asiste a la muerte incomprensible de su hermana adolescente. Ni el padre ni la madre hablarán jamás del tema, pero el chico registrará, año tras año, las consecuencias demoledoras de esa muerte en el corazón de la familia. Lo que no se entiende y lo que no se habla recorren como vetas estructurales El amor nos destrozará , primera novela de Diego Erlan (1979). A partir de los caminos abiertos por unos casettes dejados por su hermana, sin embargo, Agustín, el protagonista, irá paulatinamente apropiándose de su propia experiencia. Cruzada por referencias al mundo del rock y a los años 90, la novela es también un relato de aprendizaje y una radiografía generacional. Erlan forma parte del OLAC (Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea), una agrupación de investigadores y narradores que busca releer críticamente la literatura argentina, y en el año 2009 coorganizó el ciclo Manifiesto, en el que invitó a artistas e intelectuales a manifestar a partir de qué valores producían. Erlan es además editor en la revista Ñ .

“Escribí esta novela durante siete años. La primera versión me llevó dos. El narrador contaba todo lo que le había pasado. La dejé unas semanas y cuando la volví a leer no me creía nada. Entonces empecé a trabajar la forma a partir de un cuestionamiento de la memoria y sus quiebres, de las invenciones que se producen a medida que se recuerda. Hay una indefinición en el narrador que me interesó poner en juego. Al final todavía no es un adulto, pero está comenzando a entender. Quise recorrer esa frontera entre la infancia y la adultez, la del paso del chico que no puede hablar a la construcción de un discurso que más o menos le ordene el pensamiento”, cuenta.

–Desde el título (de un tema de la banda post punk Joy Division) la música es esencial …
La música es como un Virgilio en los infiernos. Es lo que muchas veces, a falta de otros afectos y de otras guías, nos permite comprender cosas de la propia vida. Yo entendí más a Ballard escuchando a Joy Division. Ese choque de culturas, muy barrial y muy intelectual, va transformando lo que somos y hace que seamos varias personas a lo largo de nuestra vida. Rastrear y encontrar esas múltiples metamorfosis es algo fascinante. Y en la estructura, como aprendí de Fogwill, es fundamental el ritmo. Quise que la estructura de la novela fuese similar a la de un disco: trece capítulos que fuesen trece canciones con un ritmo muy marcado.

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/generacion-falta-voluntad-trabajo-lenguaje_0_796720534.html

–¿Por qué Joy Division?

Tengo un disco de la banda grabado en Manchester en la semana en que yo nací, por ejemplo. Me gusta lo sombrío de Joy Division. Al principio no lo entendía, igual que le pasa a Agustín. Mientras escribía la novela lo escuchaba todo el tiempo. El amor a la larga siempre nos rompe, como dice la canción. Te la bancás o no. Es mucho más fácil vivir solo, escribir toda la noche, emborracharte y no sufrir por otro.

–Es la opción que se plantea entre Agustín y su amigo Alonso.

Son las dos decisiones que puede tomar una generación, que es la mía. Correr, escaparse, o salir y enfrentar lo que venga. Mi generación está demasiado posmodernizada. Es muy narcisista, le falta voluntad de trabajo sobre el lenguaje, sobre la palabra. Deberíamos tener más reflexión sobre lo que hacemos, sobre lo que producimos. Política, ideológica y artísticamente. Me preocupa que nos asumamos como zombis, un concepto muy en boga. Estamos metidos en pujas de poder muy complejas, cruzados por un capitalismo existencial que dio vuelta todos los discursos. Tenemos que escapar a determinadas imposiciones del sistema para sobrevivir. La cuestión tecnológica, por ejemplo. Vas a una cena y está todo el mundo chateando con su teléfono. ¿Qué pasa con la experiencia?

–¿La literatura es experiencia?

Hay que vivir. Mirá esos jóvenes en Japón que se encierran en sus cuartos, los hikikomori. No creo que sea demasiado rico lo que puedan llegar a decirnos.

–¿Pondrías a Agustín en serie con un zombi o un hikikomori?

Sí: padecen traumas similares que tenemos que resolver. Levantarnos y decir, voy a salir para resolver esto, y no sé cómo voy a regresar. Ese es de alguna manera el desafío que plantea la novela.


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