Hablando de fútbol

Publicado en febrero 26th, 2014 | por Chalo Lagrange

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El corso triste del club refinería

Según una difundida leyenda de Refinería, el carnaval fue alguna vez una fiesta popular, días enteros en los que no se trabajaba, con juegos en los que abundaba el agua por las tardes y, luego del ángelus en los atardeceres hasta la mañana del día siguiente personas disfrazadas, música, bailes, bromas, cintas y papeles multicolores. En verdad cuesta creer semejante cosa con tanta festividad incluida. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del almanaque a las que la terquedad generalizada insiste en adjudicar la condición carnavalesca. Esos días son utilizados no ya para festejar, sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta. Se trata, según se puede observar, de un curioso destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión a la meditación, de la alegría a la tristeza. Muchos espíritus taciturnos se solazan con este estado de cosas y afirman que la francachela y el desenfreno de otras épocas fueron apenas un paso previo e inevitable cuyo noble fin se cumple recién ahora, en el ejercicio del recuerdo.
Los Hombres Soñadores de Refinería simpatizaban en cierto modo con este criterio. Para ellos el Carnaval no solamente servía para seducir señoritas en las milongas, sino para pensar en el paso del tiempo.
Puede afirmarse sin caer en el infundio que esta ilustre manga de atorrantes jamás consiguió entender el sentido de los Carnavales.
Dionisio Martínez, el famoso amante irresistible de las viudas en los cementerios, pensador, filósofo, historiador y escritor de Refinería que vive en Arroyito, pensaba que las gentes se ponían contentas en virtud de algún suceso que todos conocían menos él. Sus amigos padecían un desconcierto de la misma índole.
Esto puede explicar la extraña conducta de los Hombres Soñadores en los corsos y en los bailes.
Durante un rato hacían fuerza para sentirse alegres: bailaban, bromeaban, comían choripanes con cerveza y gaseosas, se ponían caretas, hablaban con voz aflautada, se meneaban distorsionando su condición de varones y mojaban a las damas con agua perfumada contenida en pomos de colores. Después comprendían que todo aquello era inútil y entonces se iban a otros bailongos, discutían con los mozos, miraban y escuchaban las orquestas y los grandes cantantes internacionales que visitaban la ciudad, evocaban antiguos Carnavales y cantaban canciones sandungueras. Ya en los primeros albores del día siguiente maldecían el Carnaval, se estacionaban en las esquinas desoladas y se burlaban de las barras de chicas y muchachos que volvían a sus casas.
Pero, una tarde de tórrido verano, Dionisio Martínez tuvo una inspiración genial. Se le ocurrió organizar todos los años el Corso Triste del Club Refinería.
Se trataba de una idea interesante: Dionisio pensaba que en los Carnavales vulgares todos disimulaban el tedio y la tristeza disfrazándose de personas alegres. Su proyecto consistía en adoptar disfraces y actitudes melancólicas para ver si detrás de ellos se instalaban el jolgorio y la alegría.
“Si bajo la sonora risa del payaso se adivina siempre una lágrima, es posible que encontremos una sonrisa al sacarnos nuestras caretas de víctimas.”
Si el propósito de Martínez fue lograr un clima de pesadumbre, hay que decir que lo consiguió con creces. El Corso Triste del Club Refinería se extendió por toda la populosa y cosmopolita barriada y era francamente tenebroso. Todas las luces del club y del barrio estaban apagadas. Los asistentes deambulaban como sombras fingiendo toda clase de sufrimientos.
Las murgas entonaban desde la marcha fúnebre hasta canciones gemebundas de Betinotti y tangos trágicos de Ignacio Corsini y Agustín Magaldi.
Los disfraces eran lastimosos: de condenado a muerte, de madre triste, de novia abandonada, de jugador expulsado, de deudor hipotecario, de vendedor de libros, de jubilado que cobra la mínima paga mensual, de intoxicado, entre otros.
Con el tiempo, el Corso Triste se fue haciendo más ambicioso y complejo.
Rubén Antonio Luis, el joven poeta de la calle Echeverría, comenzó a escribir versos murgueros con pretensión literaria.

Si parlamo’ del destino
¿Quién conoce su camino?
Boroborom bom bom
boroborom bom bom
Nadie puede contra la suerte
La última carta es la muerte.
boroborom bom bom
boroborom bom bom.

Los muchachos tristes de otros arrabales, tanto los de aledaños como los alejados de Refinería, se fueron acercando poco a poco y prontamente circularon carrozas de hojas secas, carruajes fúnebres y automóviles de antaño con las ventanillas cerradas.
Ya para el tercer año se constituyó un jurado y se realizaron concursos y torneos.
Las comparsas y las murgas se sacaban chispas para ver cuál era la más tétrica y deprimente. Los Autoflagelados, Las Lloronas De Los Velorios, Los Desocupados De Siempre, Las Que No Querían Vivir, Las Engañadas En Amores… fueron algunas de las agrupaciones más renombradas.
Las reinas del corso eran bellísimas, pero inaccesibles, perversas y despiadadas. El premio anual de máscara suelta lo ganó siempre el mismo individuo. Hablamos, desde luego, del célebre actor y animador Ricardo Corvacho, quien no tenía rival en la técnica de la caracterización.
Sus primeros disfraces fueron simples, sencillos. Una noche apareció disfrazado como esclavo de los lacedemonios y todos se condolían al ver su espalda de ilota surcada de latigazos y su cuerpo encorvado bajo el peso de enormes cadenas.
Después, sus creaciones fueron más complejas. Un domingo fue cíclope y a la mañana siguiente revolucionó todo el barrio buscando el ojo que se había sacado. Fue, también, mendigo de la Rusia zarista y la gente lloraba al verlo soportar la nieve de Siberia en la calle Monteagudo ya sea sobre el ingreso a la Calle Angosta o frente a la propia puerta de entrada al Club Refinería.
Cuentan que Ricardo Corvacho, entusiasmado por sus éxitos, resolvió seguir con sus disfraces durante todo el año. Dicen que su destreza crecía junto con su crueldad.
Una noche de invierno, lo Hombres Soñadores saltaron de alegría al ver aparecer al Fino Travaglini, el pibe que murió en París. Organizaron una gran fiesta en el mismísimo Club y en el momento que alzaban las copas para celebrar la resurrección, Corvacho, se sacó el guardapolvo, se lavó las rodillas, volvió a poner cara de persona mayor y apareció tal cual era. El Ruso Kreimer estuvo dos semanas en cama y el Turco Elías casi queda tartamudo.
En el último Carnaval del Corso Triste del Club Refinería, Ricardo Corvacho se disfrazó para siempre de recuerdo y nadie volvió a verlo más por el barrio ni por sus alrededores.
La comisión organizadora del Corso pronto advirtió que la creación de Dionisio Martínez tenía interesantes posibilidades económicas. Esto resulta un poco sorprendente si se recuerda la nula capacidad de los Hombres Soñadores para los negocios. De cualquier manera es un hecho que durante largos años los muchachos del Club vendieron papel picado y serpentinas. Emplearon la conocida técnica de marketing del envase, que ha enriquecido a tantos comerciantes: en la primera jornada las bolsitas estaban llenas de papelitos muticolores y cintas en apretados rollitos brillantes e inmaculados. Cuando terminaba la fiesta de cada jornada, barrían el piso y volvían a embolsar el papel picado y hacían lo mismo con las cintas previo confeccionar uno por uno los infinitos y apretados rollos. Noche tras noche los productos se ensuciaban y envilecían, hasta que en la muerte del Carnaval las primorosas bolsitas estaban llenas de tierra, tapitas de cerveza, caramelos empezados, chicles largamente masticados ya endurecidos al ser expelidos y otras porquerías. Algunos memoriosos creen reconocer, todavía hoy, en estos Carnavales que transcurren, en los bailes de algunos clubes de otros barrios, restos de serpentinas y papel picado primigenios que se vendían en el Corso Triste del Club Refinería.
Para contribuir a la pesadumbre de la concurrencia, Martínez vendía pomos llenos de lágrimas que -si ha de creerse a sus detractores- falsificaba con agua y sal fina de mesa Celusal.
Los Hombres Racionalistas y Prácticos, en su carácter de comparsa materialista, solían acercarse a la fiesta de Refinería para buscar camorra. Todos recuerdan sus afilados pregones:

El Racionalista
señoras y señores,
llega con sus ritmos y silogismos.
Lo desafía
a exponer sus ilusiones
y a confrontarlas
con nuestras realidades a la vista.

Las olímpicas razones de la murga encontraban muchas veces contundente respuesta y dentro de un clima polémico y agudo solían armarse formidables peleas que -por cierto- daban lustre y renombre al Corso Triste.
Año tras año, los carnavales organizados por el Club Refinería fueron poniéndose más divertidos. Naturalmente, esto provocó su decadencia.
Los Hombres Soñadores de Refinería, al observar el jolgorio, comprendían que el proyecto inicial iba camino al fracaso.
La sobria melancolía de los primeros tiempos iba dando paso a sonrisas complacientes, cuando no a risotadas sin freno.
“¡Ah! -se lamentaban- ¡Carnavales eran los de antes!”
Y, entonces, contaban anécdotas de los corsos de antaño, austeros y silenciosos, comparándolos con la insoportable algarabía que tenían ante sus ojos.
Pero, en realidad, la verdadera esencia del fracaso hay que buscarla por otros rumbos.
Como ya se ha dicho, lo que buscaban Dionisio Martínez y sus amigos era un dejo de alegría que debía aparecer al quitarse la máscara trágica.
Y lo cierto es que nunca encontraron tal cosa.
Cada vez que -con toda ilusión- abandonaban sus disfraces de atormentados, encontraban debajo nuevos tormentos que, para peor, eran reales.
Por eso, comprendiendo que la dicha no estaba en el Carnaval, y quizás en ninguna parte, los Hombres Soñadores disolvieron para siempre el Corso Triste del Club Refinería.
Hoy, cuando la fama de los muchachos refineros ya encontró su tumba en los vientos de la Estación Embarcadero, hay -aunque pocos lo adivinen- centenares de corsos tristes. Y son mucho más tristes que el del Club Refinería, pues su tristeza es involuntaria y su propósito es la alegría.
Tal vez, haya llegado el momento de comprender que los que vivimos en esta ciudad fantástica a orillas del río Hijo del Mar color de león no hemos nacido para ciertas fantochadas. Qué se rían los brasileños y los venecianos. Tengamos, eso sí, fiestas y reuniones populares. Pero, no dejemos de ser quienes somos. Si nuestra extraña condición nos ha hecho comprender el sentido adverso del mundo, agrupémonos para ayudarnos solidaria y amistosamente a soportar la adversidad.
A lo mejor, los Carnavales de antaño, tan añorados por los animadores de la radio y nuestros mayores, no eran más que eso. Una reunión de gente triste que buscaba consuelo.

Chalo Lagrange
Verano sin tregua, Carnavales de febrero de 2013.-

Para M. L. P.: Día y noche corre el río, día y noche sopla el viento, desde siempre, día y noche Amor mío estás en mi pensamiento.-


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