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Publicado en marzo 13th, 2014 | por Editor

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De la vacilación al compromiso, la literatura de Chile se renueva

Los escritores chilenos reflexionan sobre la influencia de la dictadura y la transición en el lenguaje de los nuevos creadores del país.

EVA SAIZ Washington 11 MAR 2014 – 20:17 CET

Muchos se refieren a ellos como la generación Granta, otros, como la generación Ñ, por su reivindicación del castellano en el panorama narrativo internacional. Con sendos libros recientemente publicados, la antología de relatos, Mis documentos (Anagrama), y la novela, Piezas secretas contra el mundo (Periférica), los escritores chilenos, Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) y Carlos Labbé (Santiago de Chile, 1977), conforman la vanguardia de la nueva ficción de su país y, aunque no rehúyen las inevitables etiquetas, prefieren ubicarse en la heterogeneidad creativa y marginal, incluso en su visibilidad, que se ha instalado en América Latina. “No nos queremos presentar de una manera determinada, no porque no seamos una colectividad, sino porque cada uno cree que el trabajo del otro es valioso justamente porque nadie más puede hacerlo”, sostiene Zambra como parte de una conversación entre ambos que se brindaron a mantener, a petición de EL PAÍS, aprovechando su visita a Washington para intervenir en un acto promovido por el Banco Interamericano de Desarrollo.

Esa diversidad, más allá de lo temático y estilístico, que reivindican tiene, sin embargo, un prólogo común que es el pasado de comparten. Un pasado marcado por el fin de la dictadura de Pinochet y una transición democrática renqueante al que ambos aluden constantemente en la charla y que, en buena parte, ha condicionado sus influjos literarios y vitales. La vacilación y el miedo de los 80, la frustración de la década posterior, el desprestigio de la literatura… Un contexto que ha perfilado su posición como creadores y su compromiso con las letras y con la sociedad. Estas reflexiones, ondulando entre la política y el arte, se fueron hilvanando para ser el hilo conductor en el laberinto de ideas que emanaron a lo largo de un diálogo que fluyó de manera espontánea y natural a partir de la pregunta común que ambos se lanzaron: ¿Qué es lo que se espera que hable un escritor chileno en otros países?

Labbé.- Se espera que el escritor que venga de un país traiga noticias frescas, pero el escritor, muchas veces, es una persona que está encerrada en una habitación, lidiando con sus procesos psicológicos o conceptuales. Yo he ido tomando conciencia de que lo que digo construye una realidad, eso hace que el escritor empiece a cultivar un discurso político, que cultive tiempos a modo de los cambios en los automóviles, uno para hablar de una manera interesante, como para dar una cuña; un segundo tiempo para hablar en la academia, un tercero para los colegas y un cuarto para la vida cotidiana. Yo ya me siento entrenado para hablar de Michelle Bachelet, como cualquier otro chileno, pero no sé si mi posición o mi postura es tanto más valiosa que la de alguien que no tiene acceso a salir en el diario EL PAÍS.

Zambra.- Esto tiene que ver con la representatividad. Creo que es un problema importante de mi generación, esa vacilación entre el yo y el nosotros, entre decir yo, con todo lo que eso implica como conversación individual, y decir nosotros, como responsabilidad social. Yo creo que la literatura ha estado haciéndose cargo de esa distancia. No considero que la literatura simplifique la realidad, lo que hace es mostrarla y tampoco la soluciona, creo que muestra los reduccionismos que hay en el entramado social.

La literatura de los ‘hijos de Chile’

Z.- Existe una vacilación que en nuestro caso creo que tiene que ver con la dictadura. Nosotros no vivimos esa experiencia, vivimos la negación de esa experiencia y lo que nos dijeron a todos, fuéramos hijos de izquierdas, de derecha o de esa gran cantidad de gente que se mantuvo neutral, por miedo, cobardía o por proteger a sus hijos, lo que nos decían era: “Ustedes no vivieron eso”. La literatura se suma a otra negación que es la de estudiar literatura sin pertenecer necesariamente a la literatura. Entre nosotros hay mucha gente que creció en casas sin libros y que se acercó a la literatura como una desviación, no recogiendo una herencia, sino como una divergencia. Los dos estudiamos literatura, uno en la [Universidad de ] Chile y otra en la Católica, y cuando querías hablar de literatura, no podías, porque no habías leído…

L.- Y al mismo tiempo tampoco podías crear porque estudiabas literatura.

Z.- Se nos decía que la literatura era una ciencia y que todo estaba escrito. En los 90, en el momento de la adolescencia y la juventud, había mucha frustración.

L.- Es interesante lo que dices. Porque en el momento de nuestra infancia, en los 80, el problema en Chile y en buena parte de América Latina, tras los procesos dictatoriales y esta como reforma democrática, es que se pasó a un mundo en el que los libros estaban desprestigiados porque la palabra era…

Z.- Peligrosa.

L.- Ni siquiera peligrosa, es que estaba siendo usada oficialmente de forma que todos sabían que era una mentira. Y de ahí viene el miedo. Yo creo que el escritor ahora tiene que volver a hablar de la comunidad, hay que volver a plantear que los escritores tienen que conformar comunidades entre sí y con los lectores, los bibliotecarios, los libreros, los periodistas, gente encargada de la cultura. Pero ese recelo a decir nosotros viene de ese miedo de que al hablar de nosotros se está haciendo demagogia.

La ruptura con los 90

Z.- A nosotros nos tocaron unos años 90 muy tramposos y engañosos, porque había un discurso triunfalista en Chile, que era el discurso de la reconciliación inmediata y de Chile como un país próspero que había dejado atrás tanto su pasado sangriento como la pobreza.

L.- Literariamente, los 90 en Chile también es un tiempo muy complejo de transas y apariencias.

Z.- De entronizaciones. Había muchos deseos de que hubiera una literatura chilena rápidamente, de que aparecieran unos novelistas que, aparentemente, lo solucionaban todo.

L.- Y también de ilusiones de que podía existir un solo autor y que todo quedaba subsumido a él. Un reflejo de Pinochet, había un solo autor y todos los demás mueren.

Z.- Pinochet lo destruyó todo, la educación pública, destruyó toda la estructura. Nosotros estudiamos en ese contexto, a nosotros nos enseñaron a cargarse al otro como fuera, a copiar en las pruebas, a obtener un rendimiento.

L.- Y eso se puede ver en la literatura de los 90. Libros que copian al otro, que son calcos de estéticas. Ahora se está viendo un cambio de narrativa. Hoy, una excelente novela de un joven de 20 años no creo que apunte necesariamente al desenlace, sino que se va a quedar en un placer. La novelística de Alejandro tiene un componente de placer que no se encuentra en ninguna parte de la de los 90. El problema de la narrativa de los 90 es que sus obras no tenían cuerpo porque estaban demasiado obsesionados con llegar a la meta.

Marginalidad literaria

L.- Este proceso terminó en los 2000, que ha dado cosas muy positivas en Chile, como los colectivos literarios. No aparecen en los medios, pero hay colectivos en Arica, en Punta Arenas… En Santiago hay cuatro o cinco que funcionan y juntan talleres donde todos son escritores, poetas, buenos o malos, que no van a tener circulación.

Z.- Volvemos a la literatura, en el sentido de que ahora es más marginal, incluso en nuestros casos mismos. Ahora se escribe una literatura que no está pensando en la masividad, sino que está pensando incluso en sí misma y en su relación con las comunidades, que son mucho más pequeñas. Creo que hay muchos escritores en Chile mayores que nosotros que no fueron reconocidos en su momento y que ahora han empezado a circular sus libros porque han estado escribiendo lo que quieren escribir, sin esas solicitudes de uniformidad estilística, temática… Creo que rollos como McCondo son pueriles y estrategias de mercado e intentos de visibilización.

L.- No existe el escritor genio, eugenésico, que viene de sí mismo. La escritura de uno existe en otras escrituras, es temporalmente una comunidad, lo reconozca uno o no. Ése es el problema de los McCondo, que querían matar a García Márquez, y eso es un absurdo, porque García Márquez es un excelente escritor. […] Casa vez que uno habla está entregando al otro lo que una vez a él le entregaron y también está recibiendo. El escritor tiene que ser una persona que escucha y habla, pero que esté dispuesto a aprender.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/03/10/actualidad/1394484970_611068.html?rel=rosEP


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