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Publicado en agosto 7th, 2012 | por Editor

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Arlt Roberto

El reo, no es el que muere en la hoguera, sino el que la enciende.

William Shakespeare

 

He visto Morir…

Por Roberto Arlt

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía.

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
«..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…»
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
«..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…»
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
«..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…»
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
«..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…»

Habla el Reo.

-Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!.
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
-Venda no.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
-Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
-¡Viva la anarquía!
-¡Fuego!

Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto.

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

-Está prohibido reírse.
-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

[de Aguafuertes Porteñas]

 

SEVERINO DI GIOVANI

LEY MARCIAL POR PENA DE MUERTE

La pena de muerte después fue derogada. Pero los golpistas de 1930 instauraron la Ley Marcial. Bajo ese régimen fue ejecutado el militante anarquista italiano Severino Di Giovanni. Fue el 1° de febrero de 1931, a las cinco de la mañana. «Viva la anarquía», gritó, antes de que lo acribillaran de ocho balazos.
Estaba sentado contra un paredón en el sector de la cárcel que daba a la esquina de Coronel Díaz y Las Heras, Chavango en aquella época. Un día después fusilaron a su mano derecha, Paulino Scarfó.

OTROS FUSILAMIENTOS
El 12 de junio de 1956, en la Penitenciaría se produjo un fusilamiento que marcó la historia del último medio siglo. Un pelotón ejecutó (a tiro de fusil Máuser 7,65 mm. Mod. Arg. 1909) a Juan José Valle, un general de división que apenas tres días antes había liderado una sublevación contra el régimen que, en setiembre de 1955, había derrocado a Juan Domingo Perón.

Un día antes habían sido fusilados tres sargentos —Isauro Costa, Luis Pugnetti y Luciano Isaías Rojas— que habían participado en el levantamiento. Valle y los suboficiales fueron parte de una lista más grande de ejecutados en otros puntos del país, entre ellos cinco civiles. Fue la Operación Masacre que el escritor Rodolfo Walsh documentó para la posteridad.

UNA VIDA DOS MUJERES

La vida de Di Giovanni no puede entenderse sin dos personas que estuvieron ligadas a él y apuntalaron su lucha. La entonces joven América Scarfó, de apenas 17 años y dispuesta a sostener su amor con el anarquista a pesar de la ilegalidad de su enamorado y de los prejuicios de la época; y la del hermano de ella, Paulino Scarfó, quien lucho junto a él hasta el final y corrió su misma desafortunada suerte: también fue asesinado por la ley Marcial impuesta por Uriburu y ejecutada por su ministro, Sánchez Sorondo. Así, se puso fin a una campaña de persecución y desprestigio que Yrigoyen y sobretodo Uriburu diseñaron, responsabilizando a Di Giovanni de casi todos los hechos delictivos de la época y demonizando su figura con la complacencia de la clase media porteña de esas décadas, defensoras y conservadoras de lo establecido sin posibilidad de admitir pensamientos diferentes.

Es efectivamente un capítulo aparte en la vida de Di Giovanni su relación con América. A través de sus cartas se puede leer el amor puro y sincero que sostenía a esa pareja más allá de las dificultades. La conoció al alquilarle a sus padres una habitación en Burzaco, en una de las tantas huidas y cambios de domicilio a las que estaba sometido como consecuencia de su actividad ilegal. Su sentimiento hacia ella fue un ejemplo de la concepción que sobre el amor tenía el anarquismo: desprejuiciado, sincero y libre. Sin convenciones legales o ataduras materiales. Así, no dudó en dejar a su esposa por quien amaba, esa adolescente rebelde que lo siguió en todo momento, más allá de la condena familiar y los peligros que eso acarreaba. Sin embargo, Di Giovanni nunca ocultó su matrimonio con su ex mujer ni dejó de ver a sus hijos. Incluso en los peores momentos, con situaciones económicas angustiosas, nunca dejó de ayudarlos y mantenerlos.

Gracias a la investigación de Bayer y a una gestión hecha ante el entonces Ministro del Interior del Presidente Menem, Carlos Corach, en 1999 América Scarfó pudo, 68 años después, reunirse con la cartas de amor de Severino, que hasta ese momento estaban en poder de la Policía Federal. Era su idea tenerlas para releerlas y reclamar lo que con justicia le pertenecía. América murió en agosto de 2006, a los 93 años.

En sus líneas de despedida, antes de recibir las balas militares, Severino le escribió: “Carissima: más que con la pluma, el testamento ideal me ha brotado del corazón hoy, cuando conversaba contigo: mis cosas, mis ideales. Besa a mi hijo, a mis hijas. Sé feliz. Adiós, única dulzura de mi pobre vida. Te beso mucho. Piensa siempre en mí. Tu Severino”. Antes de esas últimas líneas, se le había concedido a Severino despedirse de América, que también estaba detenida.

Al día siguiente, murió también Paulino Scarfó ante el pelotón de fusilamiento. Tanto a Severino como a Paulino, antes de fusilarlos, la policía de Uriburu los había torturado bárbaramente. Pero ellos no delataron a ningún compañero. El último encuentro entre América y Paulino fue muy breve. Severino y Paulino gritaron antes de la orden de “fuego” las palabras que definían su ideología: “Viva la anarquía”. Fue en la penitenciaría. Las descargas se escucharon en los jardines de Palermo.

Un hecho destacado de lo que fue la parodia del juicio hecho a Di Giovanni (juicio que tenía final cantado) fue la defensa que tuvo en el Teniente Franco, designado a tal fin. Oriundo de Tucumán, pagó con el exilio haber actuado por sus convicciones y defender de manera convincente su figura ante un jurado que no podía creer que alguien “del paño” pidiera la absolución del anarquista con tanto ímpetu y valentía. El régimen uriburista no le perdonó tanta sinceridad y lo obligó a dejar el país, al que pudo retornar años más tarde. Pero Severino le agradeció antes de morir el gesto. Quizás eso le sirvió también para darse cuenta, aunque sea al final de su vida, que otros también podían sentir y manifestar ese sentimiento de rebeldía a pesar de no ser anarquistas.

Testigo de ese asesinato fue también Roberto Arlt, como periodista del Diario Buenos Aires Herald. Su presencia no era igual a la de cientos de personas que acudieron allí para ver morir al demonio, al asesino extranjero de la época. Los zapatos lustrados y el traje de gala de muchos de los asistentes convertían el asesinato de un hombre en un espectáculo frívolo, uno más de la noche porteña. La crónica de Arlt no puso ningún comentario propio sino la descripción de ese teatro irracional de la fuerza bruta contra las ideas: “la descarga terminó con el más hermoso de los que estaban presentes«.

 

«Conformar una nueva sociedad donde no haya ni pobres ni ricos, donde no haya armas, donde haya alegrías y respeto por el ser humano».

 

«Vivir acomodado, no es vivir […] A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso»

 

 


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