Woody Allen: así es, si así os parece

A los fans incondicionales de Woody Allen, este documental no nos cuenta demasiadas cosas acerca de él que ya no supiéramos.

En Stardust memories, una de las escasas películas de Woody Allen que me resultan insoportables, homenaje demasiado obsesivo a su venerada 8 1/2,este mostraba la neurosis y el hartazgo de un director de cine ante los halagos y el acoso de sus infinitos admiradores. Y está claro que lo que debería importarnos exclusivamente es la obra y no la personalidad del artista, pero resulta inevitable para los espectadores que consideramos el cine de este hombre como una de las mejores y más divertidas cosas que nos han ocurrido, que también queramos saber cosas de su vida, el testimonio de la gente que ha compartido su existencia o han trabajado con él, la metodología para parir infatigablemente películas mejores o peores, pero que siempre contienen ideas, momentos, personajes y diálogos genuinos, que solo pueden ocurrírsele a un cerebro tan brillante, complejo y afilado como el suyo.

El documental Wild man blues había retratado su pasión por el jazz filmando una gira que realizó con su banda en 1996. En Woody Allen. El documental el director Robert Weide se acerca con comprensible admiración a la evolución de un crío de 15 años que enviaba 50 chistes diarios a los periódicos (cuenta gente cercana que a edad tan temprana ya se las ingeniaba para ganar más dinero que toda su familia) hasta convertirse en uno de los directores más extraordinarios de la historia del cine.

A los fans incondicionales de Woody Allen, este documental no nos cuenta demasiadas cosas acerca de él que ya no supiéramos. Personalmente, lo que más me sobra son los comentarios y las informaciones de críticos, exégetas y biógrafos, por previsibles o sabidas, pero sí resulta nuevo y revelador oír los datos que nos ofrecen los actores y actrices de sus películas, su exnovia, musa e incondicional amiga Diane Keaton, los productores y agentes que han trabajado con él desde el principio de su carrera estableciendo una relación fraternal (cuenta Jack Rollins que la primera vez que le vio actuar en un escenario haciendo un monólogo exclamó: “Este chaval es más que un cómico, es una industria”), su hermana, su madre.

Es muy curioso ver los permanentes lugares en los que este hombre ha concebido sus prodigiosos guiones y la eterna máquina de escribir que los ha transcrito, el barrio de su amada infancia y el odiado colegio de su adolescencia. Pero todo ello lo ha retratado en sus películas, incluido el tormentoso final de su relación con Mia Farrow mientras están rodando Maridos y mujeres, cuando ella ha descubierto las fotos de su hija Soon-Yi desnuda y declara sobre Allen: “No quiero ver jamás a esa persona”.

Allen confiesa a raíz de aquella historia que no le importaba lo que nadie pensara y opinara de él. Asegura rotundamente: “Lo único que se interpone entre la excelencia y yo, soy yo”. Sorprende su ofrecimiento a United Artists de que rodaría gratis una película para ellos si no estrenaban Manhattan, que no le gustaba nada. Siempre ha tenido claro que no admite ningún control ajeno sobre su obra y le satisface más fracasar en un proyecto que le gusta que triunfar en un uno que domina. Sorprende su convicción de que no tiene la capacidad de concentración que se necesita para ser un gran artista ya que lo único que quiere es acabar pronto el rodaje e irse a su casa a ver partidos en la tele. También se queja: “Ojalá que hubiera nacido con un gran talento trágico en vez de cómico”. Por supuesto, muchos de sus espectadores nos alegramos de que no haya sido así. Agradecemos más las risas que las lágrimas.

WOODY ALLEN. EL DOCUMENTAL

Director: Robert Weide.
Género: documental. EE UU, 2012.
Duración: 113 minutos.

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