Novedades no image

Publicado en febrero 4th, 2013 | por Editor

0

El escritor linyera

POR LAURA RAMOS

Tomo la lancha temprano, como me indicó Baigorria, el escritor-nómade, o el escritor-linyera, el trashumante. Llevo comida, porque el viajero (jamás el flaneur) que se interna en el Delta no sabe cuándo va a poder regresar. Las crecidas, que se originan en los vientos, llegan a medio metro o más, el agua trepa las rodillas. Es mejor tener provisiones secas.

Después de dos horas y media de viaje la lancha me deja en La Reculada. Es una isla grande, una isla proletaria cercada por decenas de riachos y casitas modestas, zona de exilio sexual para gays y otros desviados de la norma en los años setenta, aguantadero para refugiados políticos y comunes, un lugar retirado.

Las lanchas colectivas pasan hasta las siete y media de la tarde. Entonces la masa de verdura y barro se aquieta, dice Baigorria, y uno se queda como “rehén de la naturaleza, atento a las sombras del río, al murciélago que surca el aire”.

Osvaldo Baigorria se mudó al Delta hace siete años, cuando empezó a escribir una biografía (recién salida, extraordinaria, celebrada por la crítica) sobre el escritor Néstor Sánchez. Un año después de instalarse en La Reculada contrajo el Mal del Sauce. “Hay que cuidarse de no caer en el agujero negro. La isla te aferra y sumerge en su interior, los pies se hunden, el piso te chupa como arena movediza. Es un agua oscura la que te tironea y te fija en el barro. Y el Delta es opaco, reserva su energía, jamás muestra su fondo”. Se atendió en la sala de auxilios del río Capitán.

Baigorria salió de Buenos Aires a los veinte años, después de haber abandonado el colegio y un trabajo de vendedor callejero de café para llegar, viajando a dedo y haciendo trabajos temporarios en el camino (On the Road), a un centro cuáquero de las afueras de Toronto.

En la Columbia Británica del Canadá vivió en una comunidad rural donde compartía con una novia una cabaña de madera. La cooperativa aspiraba a la autosuficiencia alimentaria: árboles frutales, huerto comunitario, granero donde se criaban pollos, cabras y patos. Se reunían semanalmente para cenar y discutir problemas de funcionamiento. Baigorria plantaba árboles en la primavera, trabajaba como bombero en los incendios forestales, hacía changas como peón rural, recolectaba fruta. También hizo turismo indigente en Manhattan; en San Francisco, Los Angeles y Roma trabajó de lavacopas, de repartidor de diarios; fue escritor fantasma o “negro” literario. Escribía tesis de grado para estudiantes italianos de Literatura Latinoamericana.

Lo del plantado de árboles era así: cargaba cuatrocientas coníferas metidas en bolsas a ambos lados de la cadera, colgadas de los hombros, armado de pico-palas con los que abría tajos en la ladera cada metro y medio. Las montañas eran altísimas y ascendía con la espalda curvada. Le pagaban 10 centavos de dólar por unidad. Algunos sembraban mil o dos mil árboles por día. Se podía ganar entre cien y doscientos dólares antes de caer agotado en la carpa (en la que vivía dos o tres meses por año, moviéndose de un lugar a otro).

En Toronto dormía en un centro cuáquero con habitación propia y le cambiaban las sábanas día por medio a cambio de limpiar la chimenea y barrer las hojas del techo. Pero debía abandonar su cuarto durante el día, por lo que deambulaba por la ciudad y cuando la temperatura bajaba a cero grado se metía en el Day Room del Ejército de Salvación, un lugar hediondo donde personas con mirada triste miraban programas de preguntas y respuestas por televisión mientras esperaban la hora del lunch. El olor, penetrante, parecía a ropa vieja o sin lavar durante mucho tiempo.

Estamos en La Reculada. Hay crecida. Me resbalé por el barro hasta el río y mis preciosos zapatitos de Pesqueira, blancos y con anclitas rojas, quedaron arruinados. Baigorria me muestra fotos de la garra del oso que mató en Canadá. Y del oso muerto. No puedo mirarlas. Me asomo por la ventana de la casita -de material, un sillón viejo en una esquina, una cama-sofá cubierta por una colcha peruana, la heladera está medio vacía- y el agua llega hasta los pilotes. Los perros ladran desde los techos.

En Sobre Sánchez dice que escribe con desesperación, “un agricultor de subsistencia que aspira al no hacer”. Pero aquí la vegetación avanza y las aguas vencen a la carne, la piedra y la madera. Tuvo que echar lavandina y sulfato de aluminio al tanque para potabilizar el agua para el mate, encadenó la garrafa para que no se la lleve el agua. El humedal lo obligará mañana a limpiar el barro de los caminos para no resbalarse, como yo. Deberá tirar baldazos de agua y pasar el secador y trasladarse a pie o en piragua para cambiar la garrafa de gas. Ya está cansado del Delta. Después de soñar con el Delta como punto de fuga de la urbe y de sumergir los pies en el pantano, piensa en la montaña o en el mar. Acá hay fondo, agua oscura, vida de pantano. Otra vez, en el camino.

Fuente: http://www.clarin.com/ciudades/escritor-linyera_0_859114219.html


Sobre el autor



Volver arriba ↑
  • Apoyan este emprendimiento