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Publicado en enero 19th, 2015 | por Chalo Lagrange

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CXL.X.- La muerte en Refinería

En el barrio Refinería, la persona que todo el mundo conocía como doña Josefa, la Verdulera, era en realidad el Ángel de la Muerte. Desde luego, nadie estaba al tanto de esta circunstancia. Es usual que en los pueblos y en los barrios populosos del País del Fin del Mundo el Ángel se haga pasar por un vecino y asuma aspectos vulgares para no llamar la atención y, por lo tanto, pasar desapercibido. Es cierto que, muy a menudo la Muerte despierta sospechas por el trato desdeñoso a los mortales. En el caso de doña Josefa, su condición de comerciante minorista en permanente contacto con todo el barrio venía a justificar un cierto aire de superioridad, por eso de saber todo lo inherente a las papas, sandías, bananas y manzanas, entre otras frutas, verduras y hortalizas en su justa medida de madurez o mejor estado para guardar por unos días.
Estos datos que consigno, jamás se hubieran conocido a no ser por un episodio casual, ocurrido un atardecer tibio de verano en el boulevard Avellaneda.
La distraída doña Josefa iba a ser atropellada por un ómnibus de la línea 207 cuando un empujón del Turco Abraham vino a salvarla. Doña Josefa no era mortal, pero de algún modo se sintió en deuda con Abraham. Se hicieron amigos y una noche muy fría, previo a cerrar la verdulería, un poco mareada por algunas copas de licor fino con miel La Mariposa que estaban compartiendo en animada charla, la Verdulera confesó a Abraham su verdadera condición. Agregó, además, un amable ofrecimiento.
“Ya sabe, Abraham, cualquier cosita me avisa… Siempre se pude hacer algo…”
El Turco Abraham no era un hombre de creencias ni de escepticismos. Despreciaba los dictámenes. Todos los juicios del Turco estaban suspendidos. Así, no comentó el caso con sus amigos del bar, ni con los de concurrencia sagrada a la cancha de Central para no tener que defender o atacar las afirmaciones de la Verdulera. Muy pronto se olvidó del asunto.
Un par de años después, mientras jugaban al dominó en el mostrador de la verdulería, doña Josefa lo consultó a la pasada.
“¿Disculpe la indiscreción… usted es amigo de don López el Carnicero.
“No”, dijo Abraham, “apenas lo conozco ¿Por qué?”
“Por nada”, respondió la Verdulera, “no tiene importancia.”
Aquella noche, el Carnicero don López murió repentinamente. Cuando se enteró, el Turco tembló de miedo.
Desde entonces trató de evitar a doña Josefa, ni concurrió más a mantener tertulias previo al cierre de la verdulería. Pero, la Verdulera se le aparecía asiduamente por la tienda con muestras de simpatía y amistad.
Una madrugada, al bajar de un taxi en la esquina de Vélez Sarsfield y Santa María de Oro, la Verdulera surgió bruscamente desde atrás de un árbol. Perdido cualquier escrúpulo mundano, Abraham salió corriendo. Doña Josefa lo alcanzó un par de cuadras más adelante, previo a doblar por Nelson hacia el boulevard Avellaneda y le dijo, resoplando:
“No tema, Abraham, sólo trato de ayudarlo. Usted sabe que le debo un favor.”
“No me debe nada”, declaró el Turco.
La Verdulera insistió:
“Comprendo sus reparos pero si no acepta pronto una compensación cualquiera por su gesto, me tendrá atrapada con un favor pendiente. Y eso es algo que no puedo admitir.”
“¿Qué es lo que quiere?”, preguntó Abraham aterrorizado.
“Nombre una persona cuya muerte desee postergar razonablemente.”
En ese momento cruzó la calle Galisteo, el único trolo y vagabundo del inmenso e intrincado barrio portuario que, por las noches, solía golpear algunas puertas que se le abrían generosamente para brindarle un plato de comida caliente. Olvidando a parientes y amigos entrañables, el Turco gritó:
“El puto Galisteo”, y se escapó velozmente entre las sombras de Nelson, que se encontraba en penumbras ya que la única luminaria de mitad de cuadra estaba apagada.
Unos meses después, en un asado que se desarrollaba para matrimonios en el Club Social y Deportivo Faustino, el músico Mario Lancellotti tocó algunas canciones con su guitarra acompañándolas con su canto exquisito. Doña Josefa la Verdulera, que había escuchado silenciosamente junto a otras damas, se atrevió a hacer un pedido.
“¿Conoce el tango Pasional?
Lancellotti lo tocó y cantó impecablemente, desde el principio hasta el fin.
“Muchas gracias”, dijo doña Josefa. “No se toca ni se canta ese tango con asiduidad es de difícil interpretación y usted, Maestro, lo ha hecho en forma estupenda, muchas gracias.”
Esa misma noche, perturbada esta vez por unas copitas de grapa Valle Viejo acompañando los cañoncitos de dulce de leche y crema que eran parte del postre, la Verdulera reveló su secreto a Lancellotti y le ofreció, a cambio de la emoción artística que había recibido, tener con él alguna consideración de mayor valía llegado el caso.
Lancellotti también estaba un poco borracho. Enseguida llamó a todos los matrimonios, incluido el del Turco Abraham con su esposa y dijo a los gritos:
“Señoras y señores, les presento a mi amiga el Ángel de la Muerte. Aquí donde la ven, esta señora se encuentra en condiciones de conseguirnos cualquier acomodo, tanto sea para postergar la entrega de nuestros respectivos rosquetes como para conseguir que las personas que nos molestan o hablan mal de nosotros espichen cuanto antes.”
Todos rieron y aplaudieron, pero Abraham vio alarma en los ojos de doña Josefa la Verdulera.
Desde ese día, en el barrio, la muchachada con sus esposas empezó a burlarse de la Verdulera: la llamaban doña Josefa La Parca o la Verdulera de la Muerte y hacían pedorretas a sus espaldas. Unos vigilantes de la Comisaría 10ª (actualmente la 8ª) comandados por el famoso Sargento Primero Vinagre resolvieron meterla presa con cualquier pretexto y la mantuvieron encerrada toda la semana. Durante ese lapso, nadie se murió en el barrio Refinería.
Convertido en un personaje irrisorio, doña Josefa la Verdulera perdió su aire orgulloso y señorial. Cerró la verdulería y dejó de aparecer por los cines y comercios de Refinería, incluso de Arroyito. Una tarde lluviosa se cruzó con el Turco Abraham. Con gesto abatido, le dio la mano y le dijo:
“Quería despedirme. Me voy de este barrio. Por no ser ingrata he sido imprudente. Le agradezco su discreción. Para mi desgracia, he sido trasladada a regiones inhóspitas, donde la muerte es cruel y temprana. Adiós.”
Doña Josefa la Verdulera no fue vista nunca más en Refinería. Otra persona tal vez una panadera, o un carnicero, o un mozo de bar, es ahora la Muerte en esas calles de bute.
Cuando Abraham llegó a su casa, le dijeron que el viejo Martín había muerto.

Para M. L. P.: No piense que la Amo, porque la Amo más de lo que pueda pensar.-


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