Hablando de fútbol

Publicado en febrero 18th, 2014 | por Chalo Lagrange

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CXL.I.- Carnavales de mi barrio

La preparación de una tristeza necesita de algunas alegrías. Ciertos modestos apegos cotidianos recién encuentran su verdadero y trágico sentido cuando nos vemos privados de ellos. Algo así ha sucedido con los célebres carnavales de mi barrio.
Todos conocemos la historia. Tal vez en una época nuestros festejos eran como los de cualquier barrio de la ciudad o de otras ciudades: unas murgas, unas comparsas, un premio cualquiera, algunos bailes. Hasta que llegó el intendente Don Luis Cándido. Con un genio que el revisionismo se empeña en negar, captó que el progreso de la ciudad pasaba por los barrios y que éstos necesitaban de algunas obsesiones comunes. Otros hubieran preferido una fábrica de elaboraciones derivadas de los lácteos, producciones electromecánicas y metalmecánicas, agregar mayor actividad ferroportuaria a la existente que nos había transformado en el “Granero del Mundo” o terminales automotrices. De hecho, la ciudad y cada barrio de la populosa urbe tuvo un desarrollo sostenido impresionante, pero Don Luis Cándido también eligió el carnaval.
Los historiadores locales siguen el clásico procedimiento de buscar señales premonitorias en la remota niñez del héroe.
Según parece, al pequeño Luis Termini, el Toronja Termini, le gustaba disfrazarse. Anda por ahí una foto de 1960 donde puede verse a un niño coloreado a mano, con bigotes de corcho quemado, antifaz de charol y bombachón combinado en escarlata y amarillo.
Aún se discute qué clase de disfraz era aquél. Los menos rigurosos apuestan por Robín Hood o el Zorro. La crítica actual niega el carácter fatalmente alusivo de todo disfraz y sostiene que puede uno disfrazarse sin saber de qué. El eximio e ignoto escritor de Refinería habitante de Arroyito, Dionisio Martínez, en el libro Carnavales en los Barrios, que escribe bajo el seudónimo de Don Inocencio, ha dicho: “… las jóvenes mascaritas no tienen la obligación de buscar que su indumentaria las haga parecerse a un personaje determinado. Basta conque una otredad se haga evidente al resto de los vecinos…”
En 1960, Don Luis Cándido duplicó el número de jornadas carnavalescas para toda la ciudad. En 1961, estableció el disfraz obligatorio para esas jornadas en numerosos clubes de barrio que organizaban grandes bailes.
La sociedad rígida de aquel entonces lo criticó y combatió. Sus propios familiares, miembros de la Liga de la Decencia, se plantaron firmes y belicosos ante la máxima autoridad municipal y resolvieron pasearse sin careta por todos los corsos oficiales y grandes bailes organizados en clubes de barrio. De hecho y no cabía duda alguna que estratégicamente era el más adecuado, en el que establecieron su base de campaña, fue el Club Refinería. El intendente atacó el problema con maestría: concedió a la presidente de la Liga de la Decencia el premio a la mejor máscara.
Al principio la rígida mujer se resistió y no había forma de colgarle la medalla. Finalmente, la insistencia de un Tarzán prácticamente desnudo, con la sola portación de una sunga como vestimenta, la convenció y -según cuentan- ya estaba bien alto el sol cuando la bajaron del último carro y la llevaron a dormir. Cabe acotar, que, esa misma mañana de domingo, no estuvo presente en ninguna de las misas matutinas ni de la vespertina, tal su inveterada costumbre de asistente diaria.
En los años siguientes, el carnaval fue creciendo. Los visitantes de otros barrios dejaban altos ingresos a los comerciantes de la zona y al propio Club Refinería. Buena parte de los vecinos pasaba el año preparándose para aquellas jornadas.
También en 1961 se dispuso, que, en Refinería, todos los días de febrero y marzo fueran considerados de carnaval. Ese mismo año y gracias a las habilísimas gestiones de Don Luis Cándido con unos suculentos subsidios otorgados tanto por el gobierno de la provincia como el municipal, se formó una comparsa de varios miles de personas. Estaban allí todos los vecinos del populoso barrio y cientos y cientos que sumaban miles y miles representantes de Arroyito, Industrial, Talleres, Empalme Graneros, Ludueña, Villa Fanta, hasta del lejano sur de la ciudad como Tablada, Saladilllo, entre tantos otros barrios multitudinariamente presentes. Niños, jóvenes, mujeres bellísimas con esculturales formas totalmente al descubierto moviendo sus cuerpos con estudiados y habilísimos movimientos de características epilépticas acompasadas, ancianos desfilaban con paso de murga por calle Monteagudo, totalmente engalanada con un techo de guirnaldas de bombitas incandescentes y banderas de papel rojas, azules y amarillas -que habían partido hacia el frenesí del desfile desde el pasaje Arenales, bien al fondo, donde se concentraban y renovaban por oleadas incalculables de participantes a medida que salían- pasando por el mismo frente del Club Refinería y dirigiéndose, luego, por Gorriti hacia el gran corso de la avenida Alberdi.
Gerardo Manfredi, el Pilo Manfredi, me contó que una de aquellas noches conoció a su esposa, Esther, mientras ambos cantaban a voz en cuello la canción ésa de: “Santa Marta, Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía…”.
Todo el esfuerzo económico del barrio y de la populosa zona de sus arrabales aledaños se dirigió a la producción carnavalesca. Se instalaron fábricas de pitos, matracas, papel picado multicolor y brillante, serpentinas, cornetas, pomos perfumados, polvos de pica-pica, antifaces, caretas, disfraces y otros innumerables productos festivos. Para sostener la actividad empresaria Don Luis Cándido instauró, el 20 de junio de 1961, el Carnaval Perpetuo en Refinería y Arroyito.
El turista de fines de semanas largos podía elegir a su antojo las fechas de sus saturnales personales. Vinieron miles de polacos, griegos, franceses, anglosajones, italianos, suecos o quizás noruegos, yonis para la jerga portuaria, en los buques mercantes que recalaban en el fantástico puerto para llenar sus bodegas con cereales y oleaginosas. Casi todos se quedaron entre nosotros y formaron nuevas familias. Los barcos se iban con el capitán y algunos pocos tripulantes veteranos. Pero, hay que admitir que casi toda la información demográfica de esa época presenta una molesta ambigüedad, a causa del disfraz forzoso. La tendencia a la impostura, que es propia de los enmascarados, distorsionaba las declaraciones ante los funcionarios del registro civil, quienes, por su parte, también estaban disfrazados.
Yo era un pibe y no alcanzaba a comprender enteramente lo que sucedía. Creía, ingenuamente, que toda risa venía precedida de un antecedente. Las carcajadas repentinas me resultaban entre arcanas y misteriosas.
El barrio y sus aledaños prosperó en aquellos tiempos. Sin embargo los fondos públicos se dilapidaron en jocosas construcciones y carteles chuscos. En el acceso a la calle Angosta, enfrente del Club Refinería, un enorme payaso de utilería abría sus piernas como el Coloso de Rodas, y se agachaba sobre Monteagudo. En Iriondo, de cara a la misma seccional policial, una fuente mecánica arrojaba papel picado multicolor las veinticuatro horas del día. Los presos alojados en el penal trasero de la seccional discutían fieramente de acuerdo a sus preferencias de combinaciones al cargar las proporciones del desmenuzado en sus distintos colores. El presupuesto de guirnaldas y luces de colores que engalanaban fastuosamente el parque Alem, la avenida Alberdi, el túnel Celedonio Escalada, el boulevard Avellaneda, los portentosos silos y los muelles de las unidades portuarias, las fenomenales instalaciones de la Refinería y las de la planta potabilizadora de agua de Obras Sanitarias, incluso el Oratorio Nuestra Señora de Las Flores, los templos San Juan Evangelista y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro era multimillonario.
Una voz se alzó en áspero tono disidente. El director de la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 10, la ENET Nº 10, de calle Vélez Sarsfield entre Echeverría y Santa María de Oro, don Reyes Lascano, se atrevió a denunciar que aquella fiesta escandalosa hacía prever un futuro de resaca y arrepentimiento. El barrio entero pudo escucharlo en la gélida celebración del 9 de julio, altivo el gesto, inexorable su prosa, austero y grave aun con su obligatorio disfraz de cocoliche.
Unos pocos tuvieron el coraje de aprobar sus argumentos y pagaron su audacia con la condena social y la muerte civil. La sociedad murguera de Refinería les dio la espalda y casi todos ellos tuvieron que exiliarse a los barrios del lejano oeste, más allá de la avenida de Circunvalación. Mi padre se mantuvo en sus trece y se quedó, pero poco más tarde siguió el mismo camino hacia el exilio que habían iniciado esos valientes y nos mudamos a barrio La República. Y aunque no nos atrevíamos a comentarlo en voz alta, extrañábamos Refinería. Nos adaptábamos a la grave solemnidad de un barrio metropolitano, pero de entrecasa usábamos caretas.
Yo estaba especialmente perturbado. Mi novia Mirtha Lucía había quedado allá, en Refinería. Y aunque habíamos roto nuestras promesas nos hablábamos por teléfono y escribíamos cada tanto. Ella fue la primera en mencionar el aburrimiento. Aún guardo su carta reveladora: “… la oscuridad, querido mío, es indispensable a los faroles. Mi alma anhela unos terciopelos de tedio, para resaltar las esmeraldas de la gracia mundana. Nuestra sociedad barrial ha desdeñado la potencia del intervalo. Para decírtelo de una vez: estoy podrida de tanto carnaval”.
Algunos dicen que don Luis Cándido no fue capaz de advertir que el veneno del aburrimiento contamina las francachelas demasiado extensas. Yo creo que él fue el primero en aburrirse y también el primero en reaccionar. Pero, sus decisiones fueron las menos convenientes para un barrio tan cosmopolita: fingió y obligó a fingir unos entusiasmos que ya se habían ido. Los turistas y los yonis no se engañaron. Los japoneses notaron que un cierto manierismo asomaba en las murgas y que las canciones empezaban a mirarse a si mismas, a comentar su propia gloria y prosapia, como sucede con todos los géneros en decadencia.
El Director de la ENET Nº 10 denunció a unos comerciantes inescrupulosos por la venta de papel picado que recogían del suelo. Sus palabras fueron célebres: “… hace años y años que tiramos el mismo papel picado”.
Mis vínculos con el barrio y sus aledaños se fueron debilitando. Mirtha Lucía dejó de escribirme. Por suerte el rechazo de otras mujeres me entretuvo en dolores distintos y así me olvidé de ella.
El siguiente “golpe” cívico militar o el subsiguiente -no recuerdo bien porque por entonces a cada rato había un golpe cívico militar contra el orden constitucional legítimamente establecido- y la muerte del intendente don Luis Cándido, convirtió definitivamente el carnaval de Refinería en una causa irrenunciable, en una bandera, en un motivo de orgullo barrial, en una superstición. Es cierto que ya no daban ganancias, que los extranjeros no aparecían y los yonis casi no se asomaban de sus barcos amarrados a los muelles del estupendo puerto. A decir verdad, el corso era fuertemente subsidiado por el tesoro municipal. Pero, las nuevas generaciones lo consideraban una herencia cultural y sacralizaban cualquier estupidez del pasado. El propio director de la ENET Nº 10, desde su venerable ancianidad, promovió la creación del Museo del Carnaval, un discreto edificio municipal en el que se exhibían fotografías, caretas, pomos, muestras de serpentinas, bolsitas de papel picado y recortes periodísticos.
Vinieron años de grandes dificultades económicas. Las fábricas de cotillón cerraron sus puertas. Algunos vecinos regresaron a sus tareas portuarias, más precisamente al contrabando, y muchos se contentaron con la paga mensual segura como empleados del ferrocarril. Me casé con una chica de Transilvania y allí en ese país tan lejano me instalé durante mucho tiempo.
El año pasado, después de un divorcio repentino, nada grave pero suficiente, incomprensión por el idioma y consecuentemente incompatibilidad de carácter, regresé a Rosario a habitar en barrio Martin. Viví largos meses como un solterón. Cuando llegó el carnaval, este carnaval del 2012, se me ocurrió la idea de volver a Refinería y disfrutar de sus célebres festejos.
Tomé el ómnibus y llegué cerca de las nueve y media de la noche. Sin hacer ninguna escala, fui trotando hasta el lugar de reunión y arranque para el desfile de las murgas en el pasaje Arenales al fondo. Para no desentonar, me puse una modesta careta de gato que encontré tirada. Del lugar no hallé nada. Todo había sido arrasado y en esa zona de la barriada se levantaban inconmensurables edificios de alta gama totalmente enrejados a buena distancia de los mismos y en todo su perímetro. Más allá de las rejas, amplias avenidas con un tránsito infernal. Comencé a desandar mi camino por la parte del pasaje Arenales que queda y desemboca en Iriondo, que ahora es llamada Ingeniero Thedy. Mientras me acercaba, oía por los altavoces una canción tropical: “… el camaleón, nena, el camaleón, cambia de colores según la ocasión,… tu corazón, nena, tu corazón, cambia de colores como el camaleón…” Por fin, yendo por Vértiz desemboqué en Monteagudo. No había casi nadie. Las filas de luces mostraban una mayoría de lámparas quemadas. Las guirnaldas desvencijadas se descolgaban hasta el piso. Un vientito melancólico que venía desde el río levantaba remolinos de antiguo papel picado y sucias tiras de serpentinas enredadas. Caminé, o tal vez corrí, dos o tres cuadras, yendo y viniendo. Una mascarita se me acercó dando saltos.
“¿Que hacés? ¿Me conocés? Adiós, adiós, adiós…”.
Los que nos criamos, crecimos y formamos en el barrio nos reconocemos aún bajo las más espesas máscaras. Enseguida supe que ella era Mirtha Lucía. Nos miramos en silencio.
“¡Alegría, alegría!”, gritó el mismo locutor desde lo altoparlantes, “¡Qué siga la diversión y el frenesí, no pararse, no pararse…!”.
Mirtha Lucía me arrojó un puñadito de papel picado.
“Creí que estabas harta del corso”, le dije.
“Ahora me gusta”.
“Hay poca gente”.
“No hay nadie”
, dijo ella. Me tiró otro poco de papel picado y agregó: “Yo te quise…”
“¡Que no decaiga este jolgorio y esta algarabía! ¡Viva la alegría!”, suplicó el locutor.
“Nunca entendí el carnaval”, dije yo, mientras le tomaba la mano. Ella se soltó.
“Pues te ha llegado el momento de entenderlo… a cierta edad nada es venturoso. El carnaval es la juventud. No hay otro secreto”, me mojó con un pomo de agua perfumada y se alejó con paso de murga contoneando sus curvas bastante excedidas en medidas y en peso.
Yo empecé a caminar por Vélez Sarsfield hacia el boulevard Avellaneda, hacia la avenida Alberdi para tomar el ómnibus de regreso. Tiré la careta de gato en un portal. Todavía se oía al locutor: “¡Que nunca muera esta fiesta, este entusiasmo, esta alegría… esta felicidad!…”.

Chalo Lagrange
Verano, febrero 22 de 2012.-

Para M. L. P.: Mi Amor, acuérdese de mí cuando me olvide, donde quiera que esté iré a buscarla.-


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