Cuentos la-dama

Publicado en noviembre 26th, 2013 | por Miguel Amado Tomé

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La Dama del Espejo

Miércoles intenso en Avenida Libertador.

Tranquilo en plaza Mitre. Un mediodía cambiante, nubes, brisas, humedad.
El sol estaba ganando su presencia. Enfrente el museo de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires con sus rectas formas y sólida estructura, erguido, solemne, albergando lo abstracto y clásico del arte.

En la plaza; desniveles, escaleras, verdes intensos, tenues y el marrón intercalándose en el césped. De pronto la plaza abre un sector, que sugiere a vivienda, y allí una mujer de largos cabellos entrecanos, descansa en un banco de la plaza sentada y con cierto linaje, estaba lavando sus pies dentro de un tacho plástico de desechos. Frazadas en harapos, cajas y un trozo enorme de espejo, parado, vertical, formando un ángulo donde terminaba de generar la sensación de habitación en medio de la naturaleza, duplicando la imagen de pájaros y paisaje. Todo dentro de una visión irreal donde la razón desdibujaba sus contornos.
¿Quién era esa mujer?
Me aproximé, casi en diagonal, ya que era mi camino. Cómo podían esos harapos y esas cajas y esa mujer casi mendiga generar esa sensación de esplendor, aunque enmohecido.
Crucé… seguí el camino en un sector más alejado una dama estaba sentada en lo que sería el otro lado del espejo. Espléndida, vestida de fiesta, enjoyada y algo antigua, serena, con una piel blanca, etérea.
Me detuve, entre deslumbrado y sorprendido, con el cansancio de caminar la ciudad desde hora temprana, donde un alto era casi lo razonable.
Hace un momento he visto una mujer distinguida y en harapos, y ahora me encuentro con una dama espléndida e imperturbable, las dos muy parecidas, pero de edades distintas.

-Discúlpeme pero no puedo menos que estar impactado con su presencia

-Es lógico, pero los tiempos no pueden medirse en años, a veces la distancia, el reloj y los siglos son un pretexto, apenas un escenario fugaz que nos contiene, pero que no expresa nada definitivo. Siempre detrás de las sedas, los colores, la miseria y los diamantes, estamos nosotros y nuestros personajes en la representación de papeles que nos son tan propios como ajenos.

-¿Esto es la vida real?

-La vida real es una ficción más que se agrega, que nos hace interpretar algo que nos esforzamos por representar con tanto énfasis que hasta creemos que somos lo que hacemos, cuando en realidad lo que hacemos es lo que aprendimos, mientras nosotros somos independientes de lo que hacemos. Pero aquí estoy del otro lado del espejo.

-¿Quién es usted?

-Una mujer que bajó en una estación equivocada. Que salió a tomar aire en medio de una fiesta y me encontré aquí, donde está usted, y esto es más que un jardín.

-¿Pero esto de los roles y la vida real, hace que por ejemplo un médico no sea un médico?

-Podría decirle que un príncipe no es un príncipe y que una reina es un accidente y que su vida es también otra ficción, aunque en realidad, son ciertamente dramáticas, pero veamos, un verdugo hace de verdugo, pero lo más impactante es que está asesinando a quién hace de víctima, en última instancia los dos son víctimas de una orden impartida por alguien que siente el calor intenso de su alma devorada por el fuego y que está cumpliendo el rol de Rey. La corona a veces ha sido precedida por un camino sembrado de cadáveres que fueron justificándose hasta que el trono y el palacio y todo el poder que esto significa no tuvieran más valor que un caballo. El jaque mate estaba dado.

-Y usted…

-Soy lo que usted quiera ver. A veces el rol es el castigo, es la pena a cumplir. ¿Acaso quién es usted por ejemplo? ¿Lo que hace, lo que representa?

-No me respondió mi pregunta anterior ¿quién es?

Vuelva al sector donde vino, y verá el espejo desde otro lugar. Adiós.

Espejo roto, enorme fragmento que parece mezclarse en el cielo de las hojas. Imagen imperturbable, ajena al entorno. Mujer y misterio, patio, parque soledad y noches y días en diálogo de imágenes sin secuencia lógica y en un relato de silencios.
Fue como si de pronto se fuese hacia adentro de la nada. Desapareció. Caminé varios pasos, retomé el recorrido, y volví a encontrar a la mendiga, a quién reconocí como si la persona con la que estuviese hablando ahora fuese mucho, pero mucho mayor.
Mi asombro no tiene límites
-Por favor ¿quién es usted?
-Vivo el infortunio de no pertenecer. Soy una mendiga ¡no me ve!

Existe en su personalidad un estilo que la asemeja a una princesa.

-Lo que los demás creen que somos es lo que representamos, pero si usted cree que aunque ve a una mendiga soy una princesa, no estaré representando correctamente mi rol.

El espejo fue rompiéndose, y la puerta ya no funciona. Quizás sea una princesa pero el espejo se ha roto, las ropas se gastaron, las sedas y los tules son harapos y envejecí porque el tiempo ha transcurrido de manera diferente.- ¿Me ayuda con alguna moneda?

Se partió de pronto la imagen y el espejo en fragmentos mezcló hojas, pájaros, ramas, silencio y cielo. Quizás las lágrimas desaparecieron, evaporando sentimientos que ocuparon largas noches disueltos en rocío o creciendo en el atardecer.

A veces el espejo refleja mil imágenes, pero algunas no las devuelve.

Miguel Amado Tomé


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