Cuentos alfil-y-rey-blanco

Publicado en abril 8th, 2014 | por Miguel Amado Tomé

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EL ALFIL NEGRO

Miguel Amado Tomé

 Cuento ganador Premio publicación /Cuadernos Nro 12/ Secretaria de Cultura Municipalidad de Rosario 1982

Alguien deslizó su nombre al oído del Rey. El Rey pensó que podía servir la causa que el sustentaba. Un día el rey lo convocó.

Ese día su historia comenzó a circular en el palacio. Una historia por él dilapidada en la que bosquejaba su autorretrato con todas las virtudes.

No obstante el destino .Ese destino ajedrez que va colocando y eliminando piezas en el intrincado accionar cotidiano hizo que su rey cambiara de tablero.

El Rey pasó a un tablero mucho más importante y creyó que podría ocupar un lugar a su lado. El pensó que contaba con luz propia, pero no advirtió que era el reflejo de la luz de su propio Rey.

Esperó con impaciencia, pero esperó en vano. El Rey por rey y por conocer sus piezas, no lo llevó y prefirió jugar con una pieza menos, que en definitiva era una pieza más.

Tan era su pequeñez, como grande su rencor .Su odio y su ambición frustrada comenzaron  a alentar una crítica falaz contra su rey.

Su desesperación crecía, inventaba juegos al que agregaba otras piezas, buscaba aislar y dividir, para luego restar mientras su ambición seguía creciendo.

Al Rey ido, Rey puesto. Y en lugar de Rey blanco, este era Rey Negro.

No obstante subestimarlo, él  rápidamente  mutó al mismo color.

Quienes conocían los principios que incansablemente sustentaba como suyos comenzaron a dudar, y ya los hechos se iban encargando de develar lentamente sus siniestros instintos.

El Rey  Negro, era rey por casualidad, ya que su reinado se fue  gestando en la sombra, en la mendicidad y aunque envejeció en distintas cortes su experiencia estaba reducida a cuidar los rincones de palacio. (Es tan así como el vino, que cuando no es bueno, el tiempo jamás lo hace noble).

Nada más propicio que un rey, con tan escasas virtudes como para atraparlo en una fina malla que su ambición fue  tejiendo aceleradamente. Comenzó casi como por descuido a arrojar sombras sobre actitudes de su antiguo Rey. A demostrar con edificadas teorías el error al que lo había conducido su actitud desoír sus tan exactos y ponderables consejos.

El Rey Negro que nada sabía de Rey. Temía, dudaba, mientras él le sembraba el camino jaqueándolo con jugadas inventadas.

El Rey a cada inconveniente recurría, entonces él lo libraba del Jaque inventado.

El Rey Negro cambió de opinión sobre el Rey anterior olvidando que su trono se lo debía a ese Rey blanco, del cual lo recibió.

No obstante el Rey Negro convocó a sus piezas fundamentales, habló con sus alfiles y sus torres y encontró la nobleza de quienes habían comprometido sus mejores propósitos en el logro de la causa sustentada. Las conversaciones no llegaron a buen fin siempre en ellas se interponían un caballo Negro heredado del Rey anterior que jugaba a destiempo y sin entender a que cuadro saltar mientras la diminuta figura reptaba probándose el traje de Alfil.

En la corte estaba vacante un lugar, pero era un puesto magramente remunerado, aunque importante. Pero él ansiaba para sí el de  Alfíl , que no sería el único.

Cuando la realidad imponía que al no representar formalmente ninguna pieza quedaría fuera del tablero, decidió valerse de la débil moral del Rey Negro, a quién le puso a su firma la sentencia del Alfíl más antiguo, más noble y virtuoso, al que él había decidido reemplazar. Esperó en las sombras que ese Alfíl se alejara y saltó sobre su lugar convocó a un heraldo enronquecido e hizo leer la decisión que él había impuesto, en las sombras al Rey Negro.

Los desprevenidos y los no tanto supusieron que se trataba de un avance decidido sobre el poder total, mientras el obnubilado Rey Negro era llevado de las narices, sin comprender la magnitud del precipicio.

Algunas piezas de valor se retiraron silenciosamente, otras piezas comenzaron a inquietarse resistiendo los embates del ahora Alfíl Negro, quién ubicó en el lugar importante, pero magramente remunerado a una marioneta negra y obediente. (Claro está, siempre por decisión del Rey Negro).

No obstante la situación, las piezas restantes intentaron en favor del resultado positivo del juego, hacer entender al Rey Negro el despropósito de tamañas arbitrariedades, pero ya estaba todo decidido por el flamante Alfíl Negro, quien incansablemente seguía trabajando solapadamente, con la última marioneta incorporándola llevaron a la firma del Rey Negro, la eliminación de las piezas restantes, con lo que quedó absolutamente dueño de todas y cada una de las decisiones.

Ahora aunque con la adoptada forma de Alfíl (es Rey,  Reina y Torre) cumple las dos funciones del Alfíl y utiliza al caballo Negro.

Los peones observan aterrados, pero avanzan-ya que por su condición no pueden retroceder-aunque sin convicción ni sentido.

Esto parece el fín del cuento, pero hubo más, y de lo peor, porque es evidente que agregar un emperador con una lira sobre un tablero de ajedrez, hace suponer sin mucha clarividencia que muy poco pudo rescatarse de las cenizas.


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