Cuentos Caminar

Publicado en diciembre 5th, 2013 | por Miguel Amado Tomé

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Caminar todos los días

Caminar una manera de mantenerse en actividad y combatir el sedentarismo.
Eso dicen todos los que saben, y por supuesto que hace bien.
Yo lo practíco a diario.
Siempre en la primera hora de la mañana donde el aire parece más puro.
Una hora o más . Lo hago a reloj, y en caso de el mal tiempo o lluvia , cambio el parque, combinando calles y avenidas donde es más fácil guarecerse de la lluvia cuando algún chaparrón es intenso.
Mucha gente que hace esta rutina lleva auriculares, escucha radio o música.
Pero a mí me parece interesante la realidad, lo que se ve.
La hora más temprana tiene personajes que hacen la tarea de lavar y barrer las veredas, frente a colegios u hoteles.
Los jubilados en la interminable cola para llegar lo más temprano posible a cobrar sus haberes. Y la anciana, sentada en la vereda de la Iglesia Perpetuo Socorro, con un pañuelo atado a la cabeza, su piel curtida por todas las inclemencias imaginables, su ropa mojada, y su indigencia a cuestas.
Pide en silencio. La gente no la ve.
Es invisible. Mi don, el que tengo es no dejar de ver.
Tenía en un monederito que llevo en esas caminatas unos pocos pesos.
Esta vez tomé un café antes de partir en el Bar de Luis, y me quedaron once pesos, le día un peso.
Seguí caminando. Llegué hasta Junín, no quise seguir por la avenida y doble por Avellaneda. Allí lo vi hacía rato que sabía nada de él. Avellaneda, el ex presidente del que ese boulevard llevará su nombre y que estuviera emplazado su busto en un alto pilar en el medio de la avenida donde cruza con Junín.
Pero el Boulevard se fue. Se convirtió en una avenida rápida, y Avellaneda molestaba, pero…No se lo podía eliminar, así que encontraron, ese rincón donde ubicarlo , de espaldas a la pared, de lo que fuera una fuente y con un pilar minúsculo, y su sonrisa que parece socarrona, deja entrever, su indulgente perdón.
Volver a descubrir a Avellaneda, fue toda una sorpresa, volvía caminando y al llegar a una nueva avenida que la cruza a la altura de dos estaciones de servicio una frente a otra, y encontrarme con una gran y nueva concesionaria de autos, que construyó un enorme edificio con grandes vidrieras, llena de automóviles.
Lo importante para los peatones es que ahora las veredas limpias y anchas permitían caminar o pasear por esa gran zona, que además tiene césped y flores.
Supongo que da una sensación de opulencia y serenidad.
Que bellos autos, algunos rojos brillantes. O la camioneta de doble cabina y ruedas enormes….que linda… ¿ Pero para que querría yo una camioneta si los sueños, las esperanzas y las ilusiones caben en el corazón?
No tendría que ponerle…El auto si es lindo… Muchos dicen-¡ Todo el mundo se compra un cero kilometro…! ¿ Si eso fuera cierto, donde estaríamos…?
Ya que no todos seriamos de este mundo…
Y allí pensé en la viejita que estaba sentada en la puerta de la iglesia…¡ Claro …los que no tenemos cero kilometro debemos ser invisibles como ella…!
Y seguí por esa doble avenida caminando por el césped angosto del medio, y al cruzar otra enorme concesionario con otros vehículos, también muy bellos. Llenos los espacios abiertos.
Cuantos vehículos…!
Más allá en las paradas de colectivos, varias personas esperando en silencio, con oscura o gris presencia, que los pinta en marcha hacia el trabajo.
Al encontrarme de nuevo en la Avenida Alberdi, volví a ver a la anciana, sentada en la misma posición en la puerta de la iglesia. Pero está vez escuché su voz donde pedía alguna ayuda.
Le dije que ya le había dado.
Seguí.
Vi que seguía siendo invisible para los que por allí pasaban. Y decidí volver. Pensé, en esa viejecita absolutamente en la indigencia…rebusque en el bolsillo el monederito en el que me quedaban diez pesos. Se los di me dijo – Me va a servir para comprar comida…
Espero que todos los santos que están a su espalda, la ayuden.
Duele ver, para los que todavía vemos, la necesidad siempre en las sombras y el resplandor que enceguece permanentemente iluminado.


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