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Publicado en julio 30th, 2014 | por Miguel Amado Tomé

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Ayeres

En la mañana temprano, las actividades suelen ser vertiginosas.
Suelen participar pocos, pero deben proveer, entregar su mercancía.
Pronto y rápido.
Bebidas y comestibles.
Bares que abren después del amanecer y se aburren de esperar que los otros negocios despierten.
La costumbre instalada hoy es después de las nueve como mínimo.
¿Se duerme más o se trabaja menos? Difícil respuesta.
Creo que es diferente.

De niño todo era temprano. Madrugar no tenía eufemismos.
Cuando por alguna causa debía levantarme temprano, todo estaba abierto.
Vi llegar a los proveedores en la puerta de la casa de mis abuelos donde vivía con mis padres, tíos y primas.

El primero en llegar era el lechero de impecable chaqueta blanca, boina, faja negra a la cintura y alpargatas impecables blancas con cordones. Mansilla siempre lucía una ramita de ruda debajo de la oreja. El tacho de leche de chapa y el jarro, que llenaba luego de poner el pie en el umbral. De allí al fuego para hervirla, e impedir que se cortara.

Luego venía el panadero con su jardinera tirada por un caballo brioso. Flaco, serio, con una esposa muy linda que el periodismo barrial decía que no lo quería.

El hielero con su camioneta tal cual la vemos en algunos juguetes de colección: pintada, fileteada, con su caja recortada en semicírculo, las barras de hielo tapadas con lonas, que también usaba el h para llevar el trozo sobre el hombro. De rigurosa jardinera ajustada con tiradores de la misma tela. Lo ayudaba su hijo, que iba conmigo a la escuela primaria. Me daba la sensación que a él le avergonzaba ese trabajo. O que prefería que no lo vieran en especial sus compañeritas de grado. Con un garfio con punta se cortaba el hielo del tamaño requerido. La heladera esperaba, de madera y forrada en zinc, humilde y chiquita. El hilo era tapado con una arpillera cubierto por un puñado de sal gruesa.
En realidad enfriaba las bebidas, el agua, la soda, la leche y algún que otro alimento, pero todo se consumía en el día.

No me puedo olvidar del carbonero, que traía su carga en su carro, donde el hollín invadía su ropa, su cara y sus manos.
Muchas familias cocinaban con carbón o con leña en esos fogones de ladrillos que tenían espacio debajo para encender el fuego y con agujeros en la superficie que servían como hornallas.

Allí se preparaba el desayuno, se calentaba la leche, se cocinaba.
En su auxilio y lentamente el calentador a querosene cobraba presencia, con su cuerpo cilíndrico, panzón de bronce reluciente que se bombeaba para mantener la presión.
Servía para usos múltiples, se fabricaba un tendedero con una soga alta, para secar la ropa en días húmedos de inviernos, también para calentar el agua en ollas, donde mi madre nos enjabonaba y bañaba cuando éramos chicos.
La escupidera blanca, cachada, era la prolongación del baño, que después se tiraba en la letrina del excusado.
Con su puerta de madera alta, de color borra vino gastado y su mirador o ventana era un rombo calado en su superficie.
Tenía un agujero y dos huellas de pie con un recipiente con agua y una cadena para dejar correr el agua, que estaba en un depósito de hierro amurado a la pared.
Allí había un gancho donde se colgaba el papel de diario cortado y colgado, precursor del papel higiénico.

La carnicería y la verdulería eran muy parecidas a lo que es hoy. Más rudimentarias.
La visita era diaria. No se compraba más allá del día y además no existía tecnología para disponer de un frío que conservara los alimentos y mucho menos los perecederos.

Se comenzaba a las siete u ocho de la mañana.
Allí se planificaban las compras.

El mediodía era sagrado. La comida debía estar a las doce.
Se reunía toda la familia. Niños, padres, muchas veces tíos y abuelos. La botella de vino de litro, con corcho, Blanco dulce, o tinto abocado, que los adultos tomaban con soda.
Los niños más grandes, casi adolescentes, se les consentía darle un poquito de vino que le diera color a la soda.
El mantel de hule.
Y el sodero, que era quien llevaba a domicilio el sifón, de vidrio grueso, llevaba una malla de protección metálica cerrada, hasta la mitad y abierta en la parte superior, como protección para que si estallara, evitará mayores consecuencias de un eventual estallido o rotura. Que no era frecuente, pero si temido.

Las comidas étnicas repartían su aroma por el barrio. Se mezclaban los tallarines al pesto, el pollo a la calabresa, el niño envuelto en hoja de parra, o la empanada gallega.

Abuelos y padres convivían cotidianamente.
Generalmente los abuelos se alternaban con los padres para llevar a los chicos a la escuela.
Todo se hacía caminando.
Todo estaba cerca.
La escuela, el almacén, la carnicería, la verdulería: El mundo era el barrio, y en el barrio estaba representado el mundo a través de una inmigración que no tenía ni límites ni fronteras.
Los chicos eramos la síntesis de ese mundo que convivía en el barrio.
No había discriminación, ni diferencias, jugábamos a las bolitas, de barro, de vidrio o el bolón de acero, a bailar el trompo panzón de madera, que tirábamos con el Piolín envuelto , que lo hacía girar.

La figurita difícil y el largo camino de intentar llenar el álbum.
Las carreras de autitos, que replicaba a los de Juan y Oscar Gálvez y que llenábamos de masilla, para que fueran más pesados y corrieran más rápido en las rutas de tierra que trazábamos en la tierra.

Las noches del verano juntaban a niñas y niños en innumerables juegos, la popa, la farolera tropezó, las escondidas.
La vida despúes convirtió a esos niños en adultos, a los que la vida les habría quitado la risa fácil.

Cuántos amores platónicos, cuantos sueños y hasta un poco más grandes hasta esa carta de amor, tan inocente…que llegaba con algunas arrugas a consecuencia del bolsillo del guardapolvo.
La escuela ocupaba un lugar muy importante y la maestra era una figura respetada y querida.
Los mejores del grado con su irremediable velocidad, terminaban tan rápido los ejercicios que tanto nos hacían renegar, ya que al resto nos llevaba el doble o el triple de tiempo.

El recreo era muy festejado, las clases de canto hacían desesperar a la maestro de canto.

Desafinábamos y nos costaba aprender de memoria muchas canciones.

Las clases de ejercicios físicos, tenían el atrayente de las niñas de quinto o sexto grado, con sus bombachudos, que nos hacía admirar sus piernas.
Nosotros con pantalones cortos de fútbol, remera o rompevientos.
Allí no había diferencias eran blanco o azules. Generalmente azules lo preferían nuestras madres porque se notaban menos las manchas.
Las zapatillas, eran Pampero, blancas o azules con vivos blancos y cordones.
Las clases solo tenían un paréntesis: los domingos. Después llegó el sábado inglés. Y le dio un respiro al trabajo y a la escuela.
No había mucho glamour.
Casi todo era en blanco y negro, como el cine, donde no se escapaban ni los dibujos animados. (Quien se lo imaginaría hoy).
El tiempo transcurría lento, pausado, simple, los noviazgos eran largos.
Se respetaba a la novia que llegaba casta y pura, para hacer honor al vestido blanco y evitar el verso de Carriego, que parafraseaba a la vecina que decía: “ Se casó de blanco después que pecó…!”
Ellos consumían prostitución, ellas suspiros, época donde los “hombres salían solos”. Y las mujeres casadas, se conformaban diciendo:”Lo que haga mi marido en la calle no importa mientras no me haga faltar nada”.

Había grandes amores, pasión, y relaciones que alimentaban el amor, y la relación crecía.

Siempre hubo de todo, pero lo que predominaba no era alentador.
Después rompimos el tabú, y en una misma generación se partió y unos aborrecimos ese status quo y el amor, el noviazgo y las relaciones se hicieron plenas y más sinceras.

La tecnología estaba representada por la radio, grande de madera lustrada válvulas y ojo eléctrico. Después llegó el ventilador.
Muchos hablaban del ventilador, como un aparato endiablado, que no había que tenerlo encendido mucho tiempo durante las noches de verano, porque podía resfriarnos o producir un enfriamiento.
Otro referente era el teléfono. De color negro, con el tubo colgado al costado.
¿Pero quién tenía un teléfono…? ¡Muy pocos…! Y sólo se usaba en caso de emergencia, o para llamar al médico. Y sólo de prestaba si era por un caso así.

El auto sólo lo tenía el médico, el boticario, o el viajante.
Todos viajábamos en tranvía.
Novios, familias, y a veces el paseo llegaba al centro. Eso sí que era fuera de lo normal.
Y cuando la salida estaba cuidadosamente programada, incluía ir al cine y después a la pizzería.

Más tarde llegó la heladera Siam, la que tenía la bola en la punta de la manija.
¡El congelador que proveía de hielo…! Eso sí que era un adelanto importante.
En las oficinas, la tecnología era el teléfono y la máquina de escribir. Las máquinas negras, brillantes. Después llegó la Léxicon 80. Remington y Olivetti.
Años y años de permanencia. Y con empresas que las limpiaban y aceitaban alargando su enorme vida útil con el mantenimiento. Con su golpeteo tan particular.

Más tarde entró lentamente el televisor.
Canal 7. Las antenas altísimas, que había que direccionar, y esperar que no lloviera, que ni hubiese humedad, ni tormentas, para poder ver esas mágicas imágenes en blanco y negro, que parecían flamear, pero que nos maravillaban.
Conocíamos a nuestros vecinos y envejecíamos, con ellos.
Los viejos partían, los jóvenes nos poníamos de novios, nos casábamos y teníamos hijos, y el siglo continúa.

Hoy aquellos lejanos jóvenes, nos convertimos en los flamantes viejos.
Se prolongó la vida, la tecnología creció y se multiplicó.
Algunos no se han adaptado, y muchas de esas niñas que nos deslumbraban se ponen a gritar, si les preguntamos si usan la computadora y envían mail. “ Nooooo dicen, jamásss no lo pienso usar…..!!!!”
Lo mismo que nuestras abuelas frente al teléfono, que las asustaba.
Y la vida está, con sus costumbres cambiantes, sus nuevos paradigmas.
¿El pasado fue mejor…?
¿O es mejor el presente…?
Todo depende del cristal con que se mire.


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