Artículos

Publicado en mayo 8th, 2014 | por Editor

0

Tango: de reptil de lupanar a Patrimonio de la Humanidad

Por: Diego A. Manrique | El País

Tal vez conozcan a Dimitri Papanikas. Tiene un programa ecléctico, culto y elegante en Radio Nacional de España, Café del Sur (castigado por el nuevo régimen de Radio 3, ahora se emite a las 8 de la mañana del domingo; sin comentarios). Si no han coincidido, hagan el esfuerzo de buscar sus podcasts y ya me dirán.

tango1Explica Dimitri que, cada año, salen en Argentina docenas de  libros sobre el tango. Pero el suyo, La muerte del tango, ha sido publicado –en español- por Ut Orpheus, una editorial italiana. El subtítulo puntualiza: Breve historia política del tango en Argentina. Un aviso de que va a contar datos incómodos, especialmente en un país ultrasensible con sus símbolos.

Es una epopeya que se ha repitido en muchas latitudes: la música nacida en humildes circunstancias y que asciende a encarnación del espíritu nacional. En el caso del tango, el recorrido ha resultado ciertamente fenomenal. Sus orígenes no pudieron ser más suburbiales. El mestizo producto de una inmigración no deseada: en vez de comerciantes ingleses y laboriosos alemanes, la Argentina se llenó de “tanos” (italianos), “gallegos” (españoles), “rusos” (en realidad, judíos), “turcos” y –el gran secreto- los pocos descendientes de los esclavos negros que sobrevivieron a las guerras y las epidemias del siglo XIX…y que seguramente proporcionaron el nombre de “tango”: palabra africana que bautizó las reuniones donde los esclavos bailaban.

En la memorable descripción de un enemigo, el político y escritor Leopoldo Lugones, el tango era un “reptil de lupanar”. Papanikas refleja la feroz resistencia de los padres de la patria a la ascensión del tango, aunque viniera con el sello de aprobación de París, su reconocida metropolis cultural. Hablamos de una oligarquía feroz, que no dudó a la hora de ordenar matanzas de centenares de huelguistas o emprender –con ánimo sportif- el sometimiento y/o exterminio de los indios.

Y sin embargo, unas décadas después, el tango era oficializado como la destilación de la argentinidad, aunque inicialmente representara a una mínima parte del territorio: el Río de la Plata, además compartido con Uruguay. Obviamente, con la popularización de los discos y la expansión de la radio,  el tango prendió en otras ciudades y en provincias distantes.

tango2Al final, tras reticencias iniciales, fue bendecido tanto por Perón como por la última dictadura militar, tan cerril que empezó prohibiendo clásicos universales como “Cambalache” (seguramente más por la querencia peronista de Discépolo que por la letra, reticente ante el sufragio universal). Y ahora hay una Academia Nacional del Tango, una  Academia Porteña del Lunfardo y hasta una Ley de Protección del Bandoneón (para que no salgan del país los modelos vintage del venerable instrumento). Desde los tiempos de Menem, los aviones presidenciales se denominan Tango 01.

Lo que interesa a Papanikas es el proceso de construcción de la identidad nacional. Y el precio que pagó el tango por su vampirización institucional. Aquí no hay piedad. Gardel, inicialmente liberal, grabó “¡Viva la Patría!”, en honor del general Uriburu, que inauguró (1930) la era del golpismo con permiso para torturar y matar. Hubo gloriosos testarudos, como el comunista Osvaldo Pugliese, encarcelado por Perón, pero muchos pasaron por el aro, rindiendo banderas ante el poder.

La pregunta subyacente: ¿se puede ser un artista excelso, no, incluso genial, aparte de estéticamente revolucionario, y lamer las botas de los militares? Papanikas apenas contiene su indignación ante Astor Piazzolla. Imposible alegar el distanciamiento o el escaso interés por la política, cuando presenta a Piazzolla en 1977, girando por Europa subvencionado por la Armada argentina. Hombre agradecido: el bandoneonista dedicaría “Los lagartos” a la unidad de comandos del capitán de la Armada Alfredo Astiz, aquel “ángel rubio” que usaba sus encantos para infiltrarse en los grupos de familiares de desaparecidos, señalando qué personas debían ser “chupadas”.

tango 3Piazzolla solía reconocer, entre amigos, que Argentina necesitaba una dosis de fascismo, pero sabía hacia dónde soplaba el viento: tras la guerra de las Malvinas, derrumbado el tinglado de la dictadura, con el propio Astiz rindiéndose a los británicos sin disparar un tiro, el músico rebautizó el mismo tema como “Tanguedia”. Ya había demostrado artes de prestidigitación: los cortes de su álbum Mundial 78, encargado por la Junta Militar, mudaron sus títulos. Estaba en buena compañía: también Ennio Morricone, tan cascarrabias para muchas cosas, aceptó la generosidad de Videla y compuso el himno del torneo internacional de fútbol.

Obviamente, no conviene entender esas conductas como exclusivas del tango. Enfrentados a similares tentaciones, bien sabemos, los músicos de otros géneros suelen bajar la testa y ponerse en la cola de las prebendas. Lo que se deduce de La muerte del tango es el coste de su oficialización como música nacional. Otro asunto es que, a partir del programa El club del clan, se industrializara el pop juvenil. Un proceso que no fue una conspiración contra el tango, como creen algunos nacionalistas argentinos: ocurrió lo mismo en todos los países occidentales, incluyendo los hegemónicos Estados Unidos de América o la detestada Gran Bretaña.

Aunque el divorcio generacional nunca fue radical: ¿hay que recordar que el primer mártir del rock argentino se apodaba Tanguito? Dicen que era por su negativa a bailar tangos; puede que la mayoría de sus continuadores tampoco puedan defenderse en una milonga pero llevan el tango en su ADN.

Pero volvamos a Dimitri. El libro se abre y se cierra con palabras amargas de Rodolfo Mederos. Por ejemplo: “ el tango es como el latín, una lengua muerta. Simplemente no existe. Existe en el espectáculo y para el turista…como moda”. Desde las vivencias de alguien que lleva 40 años oyendo hablar de la “defunción del rock”, tampoco me parece un diagnóstico alarmante.

Que conste que Papanikas no tiene mucho interés por el fenómeno del tango electrónico. Hace las excepciones de rigor, en el campo del nuevo tango: La Chicana y, con reservas, Daniel Melingo.  Su opinión particular es que la creatividad del tango reside hoy “en los pies de los bailarines”. No estoy seguro de que sea una buena noticia, por lo menos para los que formamos parte del batallón de los torpes.


Sobre el autor



Volver arriba ↑
  • Apoyan este emprendimiento