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Publicado en junio 27th, 2013 | por Editor

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El Dios de los filósofos

La cuestión sobre la existencia divina ha ocupado siempre un lugar preferente en la historia del pensamiento. Entre las opciones que van del sí al no, y con todos los matices que ambas permiten, los filósofos han elaborado propuestas que, con frecuencia, han sido esenciales para entender su obra. 

San Agustín 

(354-430)

“Tú me habías concedido que si te demostraba que hay algo superior a nuestra inteligencia confesarías que ese algo es Dios (…). Yo, aceptándolo, te dije que bastaba, en efecto, demostrarlo: porque, si hay algo más excelente, eso será precisamente Dios y, si no lo hay, la misma verdad es Dios. Haya pues o no algo más excelente no podrás negar que Dios existe”. Del libre albedrío

Antes de convertirse en obispo y santo, Agustín, nacido en Tagaste, en el año 354, es un espíritu inquieto que se ha interesado por la literatura, el teatro, ha destacado en retórica y estudia sin descanso la historia de la filosofía y el pensamiento de sus contemporáneos, pasando de una corriente a otra. Es en Milán, gracias a las celebraciones del obispo Ambrosio, donde entra en contacto con el cristianismo y se convierte a esta religión, dedicándole desde ese momento una vida consagrada al estudio y la difusión de las enseñanzas de la Iglesia. Influido por la tradición neoplatónica, a la hora de buscar a Dios, San Agustín se vuelve sobre sí mismo y transita los caminos de la interioridad en un recorrido que va del exterior hacia dentro. Sostiene que sólo en uno mismo, gracias a la iluminación, será posible descubrir a Dios. La prueba de su existencia es la inmutabilidad y la necesidad de las ideas, en contraste con el caracter voluble de la naturaleza humana.

Tomás de Aquino 

(1225-1274)

“Lo que carece de conocimiento no tiende a un fin a no ser que lo dirija alguien que conozca, a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas naturales a un fin y a este llamamos Dios”. Suma teológica I

Obsesionado por el orden, Aquino construye en la Suma Teológica un sistemático manual de teología. A la pregunta concreta sobre la existencia de Dios, la respuesta de Aquino es un rotundo sí apoyado en cinco argumentos o cinco vías. La primera constata que hay cosas que se mueven y todo lo que se mueve es movido por otro, de modo que debe haber un primer motor no movido por nadie. La segunda dice que la experiencia demuestra que hay causas y también debe haber una causa primera. La tercera, que los seres no tienen el principio de existencia en sí mismos, así que deber existir un ser que sí lo posea. La cuarta constanta diversos grados de perfección en la naturaleza, pero lo perfecto no puede ser originado por lo imperfecto, sino por un ser aún más perfecto. La última vía se fija en el comportamiento de los seres y afirma que estos obran por un fin, por lo que debe existir un ser inteligente que los ordene. Y el ser al que llevan las cinco vías siempre es Dios.

Immanuel Kant 

(1724 -1804)

Para nosotros constituía un deber auspiciar el sumo bien, y por ello no sólo hay un derecho, sino también una necesidad ligada con el deber como exigencia, para presuponer la posibilidad de ese sumo bien, lo cual, al ser solo posible bajo la condición de la existencia de Dios, vincula inseparablemente con el deber tal presuposición, es decir, que resulta moralmente necesario asumir la existencia de Dios. Crítica de la razón práctica.

Los racionalistas, con Descartes a la cabeza, siguen haciendo hueco a Dios en sus idearios, por lo que a menudo se les ha tachado de contradictorios. Superándolos, Kant es el primero que asume que cuestiones como la existencia de Dios no son demostrables, aprehensibles por los sentidos, sino que están en otro nivel: son postulados de la razón práctica. ¿Qué significa esto? Frente a la razón teórica, que se ocupa de conocer cómo son las cosas, la razón práctica quiere saber cómo estas deben ser. Frente al reino de la naturaleza y del ser, Kant opone el de la moral y el deber ser. En esa dicotomía es donde se cuela la existencia de Dios: una existencia y una realidad que unifica el ser y el deber ser. Así, la contradicción presente en el mundo entre ser y deber hace necesaria la existencia divina, una entidad donde se unen ser y deber ser en armonía y felicidad perfectas.

Blaise Pascal 

(1623- 1662)

“Hay tres clases de personas: las que sirven a Dios habiéndole encontrado; otras que trabajan en buscarle sin haberlo encontrado, y otras que viven sin buscarle ni haberle encontrado. Los primeros son sensatos y felices; los últimos locos y desgraciados; los otros, desgraciados y sensatos. Pensamientos.

No sabemos si Pascal pertenecía a los que buscan a Dios, pero sí que lo encontró a la salida de una conmoción producida por un accidente, al caer por un puente el coche de caballos donde viajaba. Cuando despierta, ya no es el mismo. Ha sufrido una gran experiencia mística. A favor de la existencia de Dios, Pascal propone un singular argumento: su famosa apuesta. Hay que decidirse por el sí o por el no, como en un juego. Y en ese juego, ¿qué opción es la ganadora? Antonio Aramayona, en su libro ¿Dios?, explica con gracia. “Parece el razonamiento de un individuo sin un duro en el bolsillo para comprar o no con el último dinero que le resta un billete de lotería. (…) Hay que apostar por Dios sin duda. ¿Qué ganamos? La vida eterna. ¿Qué perderíamos? Nada en absoluto: en el caso de perder la apuesta, nos quedamos con la vida que tenemos”.

Ludwig Feuerbach 

(1804-1872)

“La fe desnuda –hay un Dios o Dios es Dios– es una fe muerta, vana, nula. Yo solamente creo cuando creo que Dios es mi Dios. Pero si Dios es mi Dios, entonces todos los atributos divinos son de mi propiedad, es decir, todas las propiedaes de Dios son mías. Creer significa hacer a Dios hombre y al hombre, Dios». Escritos en torno a la esencia del cristianismo.

El padre del humanismo ateo propone un trueque: allá donde dice Dios, debemos poner al hombre. Ludwig A. Feuerbach llega a esta conclusión después de haber revisado el idealismo de Hegel, al que opone su materialismo: la naturaleza. En realidad, como escribe Karen Amstrong en su libro En defensa de Dios: “Feuerbach había llevado el llamamiento de Hegel por un Dios y una religión de este mundo a su conclusión lógica (…). Dios, afirmaba Feuerbach, no era otra cosa que una construcción humana opresiva. La gente había proyectado sus propias cualidades sobre un ser imaginario que no pasaba de ser un mero reflejo de los seres humanos”. Como el pensador alemán defendería en La esencia del cristianismo: “La creencia del hombre en Dios no es otra cosa que su creencia en sí mismo”.

Miguel de Unamuno

(1864-1936)

“Un día, hablando con un campesino, le propuse la hipótesis de que hubiese un Dios que rige cielo y tierra, conciencia del universo, pero que no por eso sea el alma de cada hombre inmortal en el sentido tradicional y concreto, y me respondió: entonces ¿para qué Dios?”. Del sentimiento trágico de la vida.

El campesino de la cita deja al filósofo español en el  mismo lugar donde acaban los lectores del último libro de Hawkings. Y es que, si Dios no es necesario para explicar el origen del Universo, si no garantiza la inmortalidad, ¿para qué es necesario? Unamuno se lo preguntará toda su vida. Y hará de la pregunta, y de la búsqueda de la respuesta, su religión. Con los vaivenes que sean necesarios, ya que de la lectura de su obra se pueden extraer nociones contradictorias. “Si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista. Es cosa de corazón”, afirmaba en el ensayo Mi religión.

Fuente: Filosofía Hoy.

 

 

 


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